El Sendero del Agua

El pueblo estaba rodeado de colinas verdes y un río que lo cruzaba con calma. Los habitantes siempre decían que el río era el alma del lugar, y que quien quisiera entender la vida debía observarlo. Ling había crecido escuchando esas palabras, pero nunca las había comprendido del todo. Ahora, después de años en la ciudad, regresaba al pueblo buscando respuestas. Había perdido su empleo, sus relaciones, y, según él mismo, su propósito.

—El río no está para darte respuestas —dijo el anciano Shen cuando Ling lo encontró en el mercado del pueblo—. El río solo fluye.

—¿Qué significa eso? —preguntó Ling.

Shen, que era conocido por su sabiduría y su sencillez, levantó la vista del pescado que estaba limpiando.

—Significa que buscas en el lugar equivocado.

—Entonces, ¿a dónde debo buscar?

Shen sonrió ligeramente.

—Ven mañana al amanecer. Te mostraré algo.


Cuando el sol apenas comenzaba a salir, Ling encontró a Shen junto al río. El anciano estaba sentado en una roca, con una caña de pescar en la mano y una expresión tranquila. Ling se acercó, sintiendo la humedad del aire matutino.

—¿Qué estamos haciendo aquí? —preguntó Ling.

—Observando —respondió Shen, sin apartar la vista del agua.

Ling se sentó a su lado y miró el río. Los rayos del sol jugaban sobre la superficie, creando destellos dorados que se movían con la corriente.

—Es solo agua —dijo Ling después de un rato.

—¿Solo agua? —preguntó Shen, levantando una ceja.

—Sí. Fluye, se mueve, pero no significa nada.

Shen rió suavemente.

—Fluye, se mueve, pero no significa nada… excepto que lo significa todo.

Ling frunció el ceño.

—Eso no tiene sentido.

—El agua no busca tener sentido, Ling. Simplemente es. Y porque es, puede ir a todas partes.


Pasaron la mañana junto al río. Shen pescaba en silencio, mientras Ling miraba el agua, intentando encontrar en ella algo más que movimiento. Finalmente, Shen rompió el silencio.

—¿Por qué volviste al pueblo?

Ling suspiró.

—Porque todo en mi vida se desmoronó. Perdí mi trabajo, mi relación terminó, y nada de lo que hacía parecía tener valor.

Shen asintió, como si ya supiera lo que Ling iba a decir.

—¿Y ahora qué buscas?

—Una forma de arreglarlo. De encontrar lo que perdí.

Shen sonrió.

—¿Qué haces cuando pierdes algo en el agua?

Ling lo miró, confundido.

—¿Qué quieres decir?

—Si algo cae al río y se hunde, ¿qué haces?

—No lo sé. Supongo que intento recuperarlo.

Shen negó con la cabeza.

—El agua no devuelve lo que se pierde. Pero si lo sigues, te lleva a otro lugar.


Esa tarde, Shen llevó a Ling a un lugar donde el río se dividía en múltiples canales. Cada corriente era diferente: algunas rápidas, otras lentas, unas más claras, otras turbias. Shen se sentó en la orilla y señaló hacia el agua.

—¿Qué ves?

Ling observó por un momento antes de responder.

—Corrientes. Diferentes caminos.

—Exacto. Así es la vida. No importa cuál tomes, todos van hacia el mismo lugar. Pero si te resistes a la corriente, te ahogas.

Ling frunció el ceño.

—¿Entonces debo dejar que la vida me lleve?

Shen asintió.

—No es lo mismo que rendirse. Es aprender a moverte con ella.

Ling suspiró.

—Eso suena… pasivo.

Shen tomó una rama caída y la arrojó al agua. La rama flotó por un momento, atrapada en un remolino, antes de ser llevada río abajo.

—¿Eso te parece pasivo? —preguntó Shen.

—No lo sé.

—El agua no se detiene, Ling. Encuentra su camino. No empuja, no pelea, pero siempre llega.


Los días pasaron, y Ling comenzó a acompañar a Shen en sus caminatas junto al río. Aprendió a observar el agua con más atención, notando cómo la corriente se adaptaba a las piedras, cómo el río se ensanchaba en los valles y se estrechaba en los desfiladeros.

Un día, mientras recogían leña cerca de un pequeño arroyo, Ling habló.

—Creo que entiendo lo que dices sobre el agua. Pero, ¿qué pasa si la corriente me lleva a un lugar que no quiero?

Shen se detuvo y lo miró.

—¿Cómo sabes que no lo quieres si aún no has llegado?

—Porque lo que quiero está detrás de mí.

Shen rió suavemente.

—Eso es lo que piensas. Pero el río no retrocede. Y tú tampoco puedes.

Ling dejó caer la leña al suelo, frustrado.

—Entonces, ¿qué hago? ¿Simplemente fluyo? ¿Dejo que todo pase sin intentar nada?

Shen negó con la cabeza.

—Fluir no es lo mismo que rendirse. Es actuar cuando es el momento y soltar cuando no lo es. Como el agua, que golpea la roca cuando lo necesita, pero también la rodea cuando no puede romperla.


Esa noche, mientras cenaban en la humilde cabaña de Shen, Ling rompió el silencio.

—Sigo pensando en lo que me dijiste sobre las rocas y el agua. Pero, ¿cómo sé cuándo debo golpear y cuándo debo rodear?

Shen colocó una taza de té frente a Ling.

—No lo decides con la mente. Lo sientes. El agua no se detiene a pensar si debe avanzar. Simplemente lo hace.

—¿Y si me equivoco?

—Incluso el agua a veces encuentra obstáculos. Pero nunca deja de moverse. Si un camino no funciona, encuentra otro.

Ling miró la taza de té y asintió lentamente. Por primera vez, las palabras de Shen no solo tenían sentido, sino que se sentían verdaderas.


Cuando llegó el momento de irse, Ling se sentía más ligero. Había llegado al pueblo buscando arreglar su vida, pero se iba con algo más profundo: una aceptación de que no necesitaba arreglar nada, solo moverse con lo que era.

Shen lo acompañó hasta el borde del río, donde un pequeño bote esperaba para llevarlo al otro lado.

—¿Volveré a sentirme perdido? —preguntó Ling.

—El agua nunca está perdida. Siempre encuentra su camino.

Ling subió al bote y comenzó a remar. Mientras el río lo llevaba, miró hacia atrás y vio a Shen de pie en la orilla, tranquilo como siempre.

El río fluía, y Ling, por primera vez, fluía con él.