La carretera era recta, interminable. Alicia conducía con las ventanas bajadas, dejando que el aire frío de la noche llenara el coche. El viento tenía un olor extraño, mezcla de madera quemada y tierra húmeda. Había algo en él que le recordaba su infancia, aunque no podía decir exactamente qué.
El destino no estaba claro. Solo sabía que tenía que llegar. Había recibido la dirección en un mensaje de texto, de un número desconocido: “La casa del silencio te espera. Ven sola.” Alicia debería haberlo ignorado, pero no pudo. Había algo en esas palabras, algo que resonaba con una parte de ella que había intentado ignorar durante años.
Cuando llegó, la luna ya estaba alta. La casa estaba allí, al final de un camino de grava que crujía bajo sus pasos. No era grande ni imponente. Era simple, con paredes de madera desgastadas y un tejado que parecía a punto de ceder. Pero tenía una presencia que no podía ignorar, como si la casa la estuviera esperando.
Alicia empujó la puerta, que se abrió sin resistencia. El interior era igual de modesto: una sala con una chimenea apagada, un sofá viejo y una alfombra deshilachada. Había una mesa con una lámpara de aceite y, al lado, un cuaderno de tapa negra.
Se sentó en el sofá, dejando que el silencio la envolviera. Era un silencio diferente, más pesado, más profundo. No era solo la ausencia de sonido. Era algo más, algo que parecía venir de dentro de ella.
Abrió el cuaderno. Las páginas estaban en blanco, excepto por una frase escrita con tinta negra en la primera página: “Escribe lo que no puedes decir.”
Alicia se quedó mirando las palabras. Sabía lo que significaban, pero no quería enfrentarlo. Había pasado años huyendo de sus pensamientos, llenando su vida con ruido: trabajo, música, conversaciones vacías. Todo para evitar el eco de su propia mente.
Pero aquí no había ruido. Solo ella y el cuaderno.
Tomó el bolígrafo que estaba al lado y comenzó a escribir. Las palabras salieron torpes al principio, como si su mano no supiera cómo moverse. Pero poco a poco, se soltaron. Escribió sobre su infancia, sobre las noches en las que su madre lloraba en silencio mientras su padre gritaba. Escribió sobre la sensación de no ser suficiente, de nunca estar a la altura de las expectativas. Escribió sobre el día en que perdió a su hermano, y cómo había guardado su tristeza en un rincón de su mente, como si ignorarla pudiera hacerla desaparecer.
El cuaderno parecía no tener fin. Escribió durante horas, hasta que su mano tembló de cansancio. Las lágrimas cayeron sobre las páginas, pero no importaba. Por primera vez, no intentó detenerlas.
Cuando terminó, el silencio de la casa había cambiado. Ya no era pesado. Era ligero, casi reconfortante. Como si la casa hubiera estado esperando que soltara todo lo que llevaba dentro.
Se levantó y salió al porche. El aire de la noche era fresco, pero ya no sentía frío. Miró las estrellas, tan claras y cercanas que parecía poder tocarlas. Había algo en el cielo que le recordaba que, a pesar de todo, el mundo seguía adelante. Y ahora, ella también podía hacerlo.
La puerta se cerró suavemente detrás de ella. No se volvió. No había necesidad. La casa había cumplido su propósito. Alicia sabía que nunca volvería, pero también sabía que la casa del silencio siempre estaría allí, esperando a otros que la necesitaran.
Se subió al coche y arrancó el motor. Esta vez, la carretera no parecía interminable. Había un destino al final, aunque no sabía cuál era. Pero no importaba. Por primera vez en mucho tiempo, Alicia se sentía libre.