El bosque comenzaba donde la aldea terminaba, una línea de árboles altos y oscuros que parecían guardar secretos antiguos. Nadie entraba en él sin una razón, y quienes lo hacían rara vez hablaban de lo que encontraban. Los ancianos decían que, en su corazón, se alzaba el Árbol de los Deseos, un ser tan viejo como el tiempo, que tenía el poder de conceder un único deseo. Pero siempre había un precio.
Marta lo había escuchado toda su vida. Las historias eran susurros en las noches de invierno, cuentos que los niños repetían en voz baja para no invocar al bosque. Pero ahora, mientras se encontraba al borde de los árboles, mirando la sombra que se extendía ante ella, las palabras parecían menos un mito y más una verdad ineludible.
Había perdido demasiado. La enfermedad había tomado a su madre primero, luego a su hermano. Su hogar era ahora una casa vacía, llena de recuerdos que no podía tocar sin sentir el dolor como una herida abierta. Había escuchado que el Árbol podía cambiarlo todo, que podía devolverle lo que había perdido.
Con el corazón pesado, Marta dio el primer paso.
El bosque era más grande de lo que parecía desde afuera. Los árboles se alzaban como columnas infinitas, bloqueando el cielo. La luz era tenue, filtrada a través de las hojas, y el aire tenía un aroma terroso, como si la vida misma respirara en ese lugar. Marta avanzaba lentamente, sintiendo cada crujido de las hojas bajo sus pies como un eco en la inmensidad.
No sabía cuánto tiempo había caminado cuando lo vio. Al principio, pensó que era solo otro árbol, pero algo en él era diferente. Era más alto, más ancho, y su corteza parecía moverse con vida propia. Las raíces se extendían como dedos que buscaban algo, y sus ramas alcanzaban el cielo con una gracia imponente.
El Árbol de los Deseos.
Marta se detuvo frente a él, sintiendo que la observaba, aunque no tenía ojos. Su presencia era abrumadora, como si el aire se hubiera vuelto más denso. La idea de hablarle parecía absurda, pero sabía que tenía que hacerlo.
—Quiero mi vida de vuelta —dijo, con la voz quebrada—. Quiero a mi madre, a mi hermano, todo lo que me fue arrebatado.
El Árbol permaneció en silencio. Pero luego, algo cambió. Sus ramas se movieron, y el viento trajo un sonido, un susurro que no venía de ningún lugar específico, pero que Marta entendió.
“¿Qué dejarás atrás?”
La pregunta la golpeó como un rayo. No había pensado en eso. Había escuchado las historias, pero nunca había imaginado lo que significaría realmente.
—¿Qué quieres decir? —preguntó, aunque ya sabía la respuesta.
El Árbol no repitió la pregunta, pero Marta lo sintió en el aire, en su pecho. No podía obtener su deseo sin un sacrificio. Algo valioso debía ser dejado atrás.
Marta cerró los ojos. Pensó en lo que tenía. No era mucho, pero cada cosa, cada recuerdo, era una parte de ella. Su hogar, aunque vacío, era el lugar donde había crecido. Sus sueños, aunque rotos, eran lo único que le quedaba para seguir adelante. ¿Qué podía dar? ¿Qué estaba dispuesta a perder?
La respuesta llegó lentamente, como una sombra que se desplaza con el movimiento del sol. Podía dejar atrás su dolor. Podía sacrificar todo el sufrimiento que la había acompañado desde las pérdidas. Pero eso significaría soltar también los recuerdos, las risas, las voces de quienes había amado. Porque el dolor y el amor estaban entrelazados, inseparables.
“¿Estás dispuesta?”
El Árbol no hablaba con palabras, pero la pregunta estaba ahí, clara como el día. Marta sintió que su corazón se encogía. Soltar el dolor significaba renunciar a todo lo que la había definido en los últimos años. Pero conservarlo la mantenía atrapada en un ciclo interminable de tristeza.
Finalmente, levantó la cabeza.
—Lo acepto —susurró—. Dejo atrás mi dolor.
Las ramas del Árbol se agitaron suavemente, como si asintieran. Una luz comenzó a brillar entre las hojas, suave al principio, pero cada vez más intensa. Marta sintió que algo dentro de ella cambiaba. Era como si una cuerda invisible, que la había mantenido atada al pasado, se rompiera. El aire se llenó de un calor reconfortante, y por primera vez en años, respiró profundamente sin sentir el peso en su pecho.
Cuando la luz se desvaneció, el bosque estaba en silencio. El Árbol seguía allí, imponente, pero algo en él parecía diferente, más quieto, más tranquilo.
Marta miró sus manos. No había cambiado físicamente, pero algo en su interior era nuevo. Las imágenes de su madre y su hermano aún estaban en su mente, pero ya no dolían como antes. Había soltado el dolor, y con él, la parte de su vida que nunca había podido dejar atrás.
Caminó de regreso por el bosque, cada paso más ligero que el anterior. El aire parecía más claro, la luz más brillante. Cuando salió de entre los árboles, el mundo le pareció nuevo, como si hubiera estado mirando todo a través de un vidrio empañado y ahora pudiera verlo claramente.
El Árbol no le devolvió lo que había perdido, pero le había dado algo más. La capacidad de seguir adelante.