El sol apenas había salido cuando Javier ajustó la mochila en sus hombros y miró el sendero que se extendía frente a él. La tierra roja, marcada por años de uso, se adentraba en las colinas hacia un lugar que muchos evitaban nombrar: el Valle Perdido. Los viejos del pueblo hablaban del lugar como un destino prohibido, un lugar de secretos que mejor era dejar enterrados. Pero Javier no tenía tiempo para supersticiones. Había escuchado historias, sí, pero ninguna que pudiera detenerlo.
—¿Estás seguro de esto? —preguntó Raúl, su hermano mayor, mientras ajustaba el machete en su cinturón.
—No vinimos hasta aquí para dar la vuelta ahora, ¿verdad? —respondió Javier.
Raúl lo miró con seriedad.
—Esto no es un juego. No sabemos lo que hay allá.
—Precisamente por eso debemos ir —replicó Javier, comenzando a caminar.
Raúl lo siguió, sacudiendo la cabeza.
El sendero los llevó cuesta arriba durante horas. El calor era sofocante, y el sonido de los insectos llenaba el aire. Ambos hombres caminaban en silencio, concentrados en cada paso. Las primeras horas pasaron sin incidentes, pero el ambiente comenzó a cambiar a medida que se acercaban al valle.
La vegetación se volvió más densa, y el aire, más pesado. Los árboles parecían más altos, con ramas que se enredaban como si quisieran bloquear el paso. Una ligera neblina cubría el suelo, y el sonido de los insectos desapareció por completo.
—Esto es raro —dijo Raúl, deteniéndose para mirar alrededor.
—¿Qué cosa? —preguntó Javier, sin dejar de caminar.
—El silencio. Es como si todo hubiera desaparecido.
Javier se detuvo y escuchó. Raúl tenía razón. No había pájaros, ni insectos, ni el crujido del viento en las ramas. Solo el sonido de sus propios pasos.
—No es nada —dijo Javier, rompiendo el silencio—. Solo sigamos.
Raúl lo siguió, pero su expresión mostraba que no estaba convencido.
Al llegar a la cima de una colina, el valle se desplegó frente a ellos. Era más grande de lo que Javier había imaginado, con una extensión que parecía interminable. Árboles altos y oscuros cubrían gran parte del terreno, pero en el centro, había algo diferente. Una estructura de piedra sobresalía entre la vegetación. Era un edificio antiguo, cubierto de musgo y enredaderas, como si hubiera sido olvidado durante siglos.
—Ahí está —dijo Javier, señalando el edificio.
Raúl frunció el ceño.
—¿Qué crees que es?
—No lo sé. Pero vamos a descubrirlo.
Raúl dudó por un momento, pero finalmente asintió.
El descenso hacia el valle fue más complicado. Las raíces de los árboles sobresalían del suelo, y la niebla se hacía más densa. Javier avanzaba con cuidado, pero su determinación era evidente.
—¿Por qué insistes tanto en esto? —preguntó Raúl mientras descendían.
—Porque hay algo ahí —respondió Javier—. Algo que hemos ignorado por demasiado tiempo.
Raúl no respondió, pero su expresión mostraba que no estaba convencido. Para él, el Valle Perdido era mejor dejarlo en paz. Pero sabía que no podría detener a su hermano.
Cuando llegaron al fondo del valle, el edificio estaba más cerca. Era más grande de lo que parecía desde la colina, con paredes de piedra que se alzaban hacia el cielo. La puerta principal estaba entreabierta, como si los invitara a entrar.
—Esto no me gusta —dijo Raúl, mirando alrededor.
—No tiene que gustarte. Solo tenemos que entrar y ver qué hay dentro —dijo Javier.
Ambos se acercaron a la puerta con cautela. El aire dentro del edificio era frío, y el olor a humedad llenaba el espacio. La luz del exterior apenas penetraba las paredes gruesas, y todo estaba en penumbra.
—¿Ves algo? —preguntó Raúl.
—Solo sombras. Enciende la linterna.
Raúl sacó una linterna de su mochila y la encendió. La luz iluminó una habitación grande, con paredes cubiertas de símbolos extraños tallados en la piedra. En el centro, había una mesa de piedra, como un altar.
—¿Qué es esto? —preguntó Raúl, acercándose al altar.
—No lo sé —respondió Javier, estudiando los símbolos en las paredes.
Raúl pasó la mano por la superficie del altar. Era lisa, pero había pequeñas hendiduras que formaban patrones extraños.
—Esto no se siente natural —dijo Raúl.
—Nada aquí lo es —respondió Javier, sin apartar la vista de los símbolos.
El silencio dentro del edificio era aún más inquietante que el del valle. Javier sintió que algo lo observaba, aunque no podía ver nada. Se acercó a una de las paredes y tocó uno de los símbolos. Era frío al tacto, como si la piedra estuviera viva.
De repente, un sonido rompió el silencio. Era un murmullo, suave pero constante, como si alguien estuviera hablando en otra habitación. Javier y Raúl se miraron.
—¿Lo escuchaste? —preguntó Raúl.
Javier asintió.
—Viene de allá.
Siguieron el sonido hasta una puerta en el fondo de la habitación. La abrieron lentamente y encontraron una escalera que descendía a la oscuridad.
—¿Estás seguro de esto? —preguntó Raúl.
—No. Pero no hemos llegado hasta aquí para detenernos ahora.
Raúl suspiró y comenzó a bajar detrás de su hermano.
La escalera los llevó a una cámara subterránea, más pequeña que la sala principal, pero igual de extraña. En el centro, había una piedra redonda con símbolos grabados en ella, y el murmullo era más fuerte.
—¿De dónde viene ese sonido? —preguntó Raúl, mirando alrededor.
Javier se acercó a la piedra y tocó uno de los símbolos. En ese momento, el murmullo se detuvo, y todo quedó en silencio.
—¿Qué hiciste? —preguntó Raúl.
—No lo sé. Solo la toqué.
De repente, la piedra comenzó a brillar con una luz tenue. Javier retrocedió, sorprendido. La luz creció, llenando la cámara, y los símbolos en las paredes comenzaron a brillar también.
—¡Salgamos de aquí! —gritó Raúl.
Pero antes de que pudieran moverse, un sonido profundo resonó en la cámara, como un latido gigantesco. La luz se intensificó, y Javier sintió que algo lo empujaba hacia atrás.
Cuando la luz se desvaneció, todo estaba en silencio de nuevo. Los símbolos habían perdido su brillo, y la piedra estaba fría.
—¿Qué fue eso? —preguntó Raúl, con la voz temblorosa.
Javier no respondió. Miró la piedra, intentando comprender qué había pasado.
—Esto no es natural. No deberíamos estar aquí —dijo Raúl.
—Tal vez no sea natural. Pero es real. Y no podemos ignorarlo.
Salieron del edificio con el sol del atardecer cayendo sobre el valle. Ninguno de los dos habló mientras ascendían de vuelta a la colina. Cuando llegaron a la cima, miraron el valle por última vez.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Raúl.
—No lo sé —respondió Javier—. Pero algo me dice que esto es solo el comienzo.
Ambos comenzaron a caminar de regreso al pueblo, dejando atrás el valle y sus secretos. Pero sabían que lo que habían encontrado no podía ser olvidado.
El Valle Perdido había despertado algo, y ellos serían los primeros en enfrentarlo.