El Camino de Piedra

La tierra era dura y seca, y el sol pegaba fuerte sobre el desierto que parecía extenderse más allá del horizonte. Eduardo caminaba lentamente, arrastrando los pies, con un sombrero de ala ancha que apenas le protegía del calor. En su mano llevaba un bastón de madera que había encontrado al borde del camino días atrás, y en su mochila quedaba poca agua. Su único compañero era Julián, un joven que había insistido en acompañarlo a pesar de sus advertencias.

—¿Cuánto falta? —preguntó Julián, con la voz quebrada por el calor.

—El camino no se mide en kilómetros —respondió Eduardo, sin detenerse.

Julián suspiró, pero no dijo nada más. Llevaban tres días caminando hacia la montaña que se alzaba a lo lejos, una formación rocosa que parecía flotar en el aire por el efecto del calor. Eduardo no había dicho exactamente qué buscaban allí, y Julián no había insistido. Sabía que las respuestas vendrían a su debido tiempo.


Esa tarde, cuando el sol comenzó a bajar, Eduardo se detuvo bajo una roca que ofrecía algo de sombra. Se quitó el sombrero y se secó el sudor de la frente. Julián se dejó caer en el suelo, respirando con dificultad.

—¿Por qué seguimos? —preguntó el joven.

—Porque el camino no termina solo —respondió Eduardo.

—Eso no es una respuesta.

Eduardo lo miró por un momento, luego señaló la montaña.

—Allí hay algo que necesito ver. Algo que he evitado por demasiado tiempo.

Julián asintió, aunque no entendía del todo. Había conocido a Eduardo en el pueblo hacía semanas, un hombre callado y reservado que vivía solo en una pequeña casa cerca del río. Nadie sabía mucho sobre él, pero todos lo respetaban. Cuando Eduardo mencionó su intención de caminar hasta la montaña, Julián había sentido una extraña necesidad de acompañarlo, como si algo en el viejo lo llamara.


Al caer la noche, encendieron una pequeña fogata y compartieron el poco alimento que llevaban. Eduardo sacó una lata de sardinas, y Julián, un pedazo de pan duro.

—¿Por qué nunca habías venido antes? —preguntó Julián, rompiendo el silencio.

—Porque tenía miedo.

—¿De qué?

Eduardo pensó por un momento antes de responder.

—De lo que encontraría. De lo que significaría.

Julián frunció el ceño, pero no insistió. Sabía que Eduardo no hablaba a la ligera. Miró las llamas de la fogata y dejó que el silencio se instalara entre ellos.


El segundo día fue más duro. La tierra se volvió más pedregosa, y cada paso era un esfuerzo. Eduardo caminaba con firmeza, pero Julián comenzaba a flaquear.

—No voy a llegar —dijo el joven, deteniéndose.

Eduardo se giró y lo miró.

—Claro que llegarás. Solo necesitas seguir caminando.

—¿Cómo puedes estar tan seguro?

—Porque no tienes otra opción. Si te quedas aquí, el camino te vence.

Julián dudó, pero finalmente asintió y siguió adelante. Eduardo sabía que el joven estaba cerca de su límite, pero también sabía que el límite era necesario. El camino no era solo físico. Era algo más.


Al tercer día, la montaña estaba más cerca. La sombra de las rocas comenzaba a cubrir parte del suelo, y el aire era más fresco. Eduardo se detuvo frente a una grieta en la base de la montaña, un lugar que parecía ser la entrada a algo más profundo.

—¿Es aquí? —preguntó Julián, jadeando.

Eduardo asintió.

—Es aquí.

Julián lo miró, esperando una explicación, pero Eduardo no dijo nada. Simplemente entró en la grieta, y el joven lo siguió.


Dentro de la montaña, la temperatura era más baja, y el aire estaba cargado de un olor a humedad y tierra. Caminaron en silencio por un pasaje estrecho que se extendía hacia la oscuridad. Eduardo llevaba una linterna, y su luz proyectaba sombras inquietantes en las paredes.

Finalmente, llegaron a una cámara abierta, donde una formación de piedras ocupaba el centro. Las rocas estaban dispuestas de forma que parecían un altar, aunque su propósito no era claro. Eduardo se detuvo frente a ellas y dejó caer la mochila al suelo.

—¿Qué es esto? —preguntó Julián.

—Es el lugar donde todo comenzó —respondió Eduardo.

—¿Qué quieres decir?

Eduardo se giró y miró al joven.

—Hace años, cometí un error. Uno que me ha perseguido desde entonces. Este lugar… este altar… es un recordatorio de ese error.

Julián frunció el ceño.

—No entiendo.

—No tienes que entenderlo. Solo necesito enfrentar lo que dejé aquí.


Eduardo se arrodilló frente al altar y cerró los ojos. Julián se quedó de pie, mirando en silencio. No sabía qué estaba pasando, pero sentía el peso del momento. El aire parecía más denso, como si la montaña los estuviera observando.

Después de un rato, Eduardo habló, aunque no estaba claro si se dirigía a Julián o a sí mismo.

—Cuando era joven, vine aquí con un hombre. Un amigo. Estábamos buscando algo, pero el camino fue demasiado para él. No lo ayudé. Lo dejé aquí, en este lugar.

Julián lo miró, sorprendido.

—¿Murió?

Eduardo asintió.

—Murió. Y yo nunca volví. Hasta ahora.

El silencio llenó la cámara. Julián no sabía qué decir. Eduardo se quedó de rodillas, con la cabeza baja, como si esperara que las piedras respondieran.


Finalmente, Eduardo se levantó y miró al joven.

—No podemos cambiar lo que hicimos. Pero podemos enfrentarlo. Y al enfrentarlo, podemos seguir adelante.

Julián asintió lentamente. No entendía todo lo que Eduardo había dicho, pero algo en sus palabras resonaba en él.

—¿Y ahora? —preguntó Julián.

—Ahora volvemos. El camino de regreso siempre es más claro.


El regreso fue silencioso, pero el aire era diferente. Eduardo caminaba con una ligereza que no había tenido antes, y Julián lo notó.

—¿Te sientes mejor? —preguntó el joven.

Eduardo lo miró y sonrió ligeramente.

—No sé si mejor. Pero más libre.

Julián sonrió también y siguió caminando. El camino de piedra no parecía tan duro ahora, y la montaña se desvanecía lentamente en la distancia.