La tienda estaba casi vacía, llena de polvo y silencio. Luz entraba a través de las ventanas sucias, iluminando estantes desordenados con objetos olvidados por el tiempo. Julia pasó los dedos por una mesa cubierta de baratijas: un reloj roto, una figura de porcelana, un libro sin título. Nada especial, nada que llamara su atención.
Iba a salir cuando lo vio. En un rincón, apoyado contra la pared, estaba el espejo. No era grande, pero tenía un marco de madera oscura tallada, con detalles que parecían enredaderas atrapando algo que no se podía identificar. La superficie del espejo estaba limpia, demasiado limpia para un lugar como ese. Brillaba, como si acabaran de pulirlo.
Julia se acercó y lo miró. Al principio, solo vio su reflejo: su rostro cansado, su cabello desordenado, los ojos que parecían haber perdido algo hace mucho tiempo. Pero luego, algo cambió. El reflejo no era exactamente suyo. Era ella, pero no como se veía en ese momento. Era ella con lágrimas en los ojos, la cara marcada por emociones que no podía identificar.
Sintió un escalofrío y retrocedió.
—Es un espejo especial —dijo una voz detrás de ella.
Julia se giró. Era un hombre mayor, con la espalda encorvada y una sonrisa que parecía saber demasiado.
—¿Qué tiene de especial? —preguntó, tratando de sonar indiferente.
—No refleja lo que eres por fuera. Refleja lo que eres por dentro.
Ella rió, un sonido seco y nervioso. No creía en esas cosas, no realmente. Pero algo en el espejo la había atrapado.
—¿Cuánto cuesta? —preguntó, sin saber por qué.
El hombre la miró, como si estuviera calculando algo más que dinero.
—Para ti, nada. Solo llévalo. Pero recuerda, el espejo no miente.
Julia lo tomó sin decir nada más y lo llevó a casa.
El espejo estaba ahora en su sala, apoyado contra una pared vacía. Julia lo miraba desde el sofá, con una taza de té en las manos. La casa estaba en silencio, salvo por el sonido ocasional de los autos pasando afuera.
No sabía por qué lo había traído. No encajaba con el resto de la casa, ni siquiera con ella. Pero no podía ignorarlo. Era como si el espejo la estuviera mirando, esperando algo.
Finalmente, se levantó y se paró frente a él. Respiró hondo antes de mirarse.
Al principio, vio su reflejo habitual. Pero pronto cambió. El rostro en el espejo era el suyo, pero más joven, de cuando tenía veinte años. Sus ojos brillaban con una energía que ya no recordaba haber tenido. Pero algo en la expresión era diferente. No era solo juventud, era algo más.
Entonces lo entendió. Era esperanza. La clase de esperanza que había tenido cuando pensaba que el mundo estaba lleno de posibilidades, cuando creía que podía lograr cualquier cosa.
Se apartó bruscamente, como si el espejo la hubiera golpeado.
Se sentó en el sofá, respirando rápido. No quería volver a mirarlo, pero no podía evitarlo. Algo la empujaba. Se levantó de nuevo y se paró frente al espejo.
Esta vez, el reflejo era diferente. Era ella, pero no estaba sola. Había alguien detrás de ella, una figura borrosa que reconoció de inmediato: era su exmarido. Él estaba sonriendo, pero su reflejo no tenía luz en los ojos. Julia sintió un nudo en el estómago.
Recordó el día en que él se había ido. Recordó las palabras duras, las promesas rotas, las lágrimas que no quería mostrarle. Pero lo peor no era el recuerdo de él, era lo que veía en su propio rostro en el espejo. No era tristeza. Era culpa.
—No fue mi culpa —susurró, pero el espejo no respondió.
El reflejo la miraba, juzgándola, mostrándole lo que no quería admitir. Había cosas que podía culparle a él, pero había otras que no. Había cosas que ella había dejado de hacer, cosas que había dicho, cosas que había ignorado.
—No… —dijo, pero las palabras sonaban vacías.
Se apartó del espejo y salió de la sala. Cerró la puerta, tratando de dejarlo atrás. Pero esa noche, no pudo dormir. Cada vez que cerraba los ojos, veía su rostro en el espejo, la expresión de culpa, las emociones que había enterrado durante tanto tiempo.
Los días pasaron, pero el espejo seguía ahí, como una sombra. Julia intentó ignorarlo, pero no podía. Cada vez que pasaba junto a él, sentía que la llamaba. Finalmente, una noche, cuando ya no pudo más, volvió a mirarlo.
Esta vez, lo que vio fue aún peor. Era su madre, sentada en la vieja cocina de su infancia, con las manos cruzadas sobre la mesa. Su rostro estaba cansado, pero había algo más: decepción.
Julia sintió que el pecho se le apretaba. Recordó las últimas palabras que le había dicho a su madre antes de que falleciera. Habían discutido, y Julia había colgado el teléfono con enojo. Nunca volvió a llamarla. Cuando recibió la noticia, todo lo que pudo sentir fue un abismo de arrepentimiento.
—Lo siento… —murmuró, con lágrimas en los ojos.
El reflejo de su madre no se movió. Solo la miraba, con esa expresión de tristeza que Julia nunca había querido enfrentar.
Se derrumbó en el suelo, con las manos cubriendo su rostro. Las lágrimas caían sin control, como si el espejo hubiera roto algo dentro de ella. Era demasiado. Demasiado para soportar.
Pero mientras lloraba, algo cambió. Sentía que el peso que había llevado durante tanto tiempo se hacía más ligero, como si cada lágrima se llevara un pedazo de ese dolor que nunca había soltado.
Finalmente, se levantó y miró el espejo de nuevo. Esta vez, no había ningún reflejo extraño. Solo estaba ella, de pie, con los ojos rojos por el llanto, pero más tranquila.
El espejo no había cambiado, pero ella sí. Había enfrentado algo que llevaba años evitando, algo que nunca pensó que podría superar.
Se acercó al espejo y pasó la mano por el marco. Era frío al tacto, pero de alguna manera, sentía que era un amigo, alguien que había estado ahí para mostrarle lo que no podía ver por sí misma.
Esa noche, durmió profundamente por primera vez en años.
Con el tiempo, el espejo se convirtió en parte de su vida. No lo miraba todos los días, pero cuando sentía que algo la pesaba, sabía que podía enfrentarlo ahí. Poco a poco, las imágenes que veía cambiaron. Ya no eran solo culpa y arrepentimiento. También eran momentos de alegría, de esperanza, de amor.
El espejo no mentía, pero tampoco juzgaba. Solo mostraba la verdad, y era ella quien decidía qué hacer con ella.
Cuando Julia finalmente dejó la casa para mudarse a una nueva ciudad, decidió dejar el espejo atrás. No porque no lo necesitara, sino porque sabía que la verdad que reflejaba ya no estaba en él. Ahora estaba dentro de ella.