La tormenta había durado dos días. Miguel, un pescador de mediana edad con el rostro curtido por el sol y las manos endurecidas por el trabajo, se había refugiado en la pequeña cabaña que usaba para guardar redes y anzuelos. La cabaña estaba al borde del acantilado, frente al mar, y desde allí podía ver cómo las olas golpeaban con furia las rocas negras. El faro del horizonte, apenas visible entre la lluvia y la neblina, parpadeaba con regularidad. Un punto fijo en un mundo caótico.
Miguel siempre había vivido allí, en el pueblo de pescadores. Su vida había sido una rutina simple: madrugar, salir al mar, pescar lo que el día ofrecía, y regresar con lo suficiente para vender y comer. No era una vida mala, pero tampoco era buena. Era una vida. Y él no se quejaba, porque los hombres de su edad en el pueblo no se quejaban. Simplemente vivían.
Pero algo lo había estado carcomiendo en los últimos años. Era una sensación que no podía nombrar, un peso en el pecho que lo hacía sentir inquieto, como si el mundo fuera más grande de lo que podía alcanzar, y su vida, más pequeña de lo que debería ser.
Cuando la tormenta cesó, Miguel salió al borde del acantilado. El cielo estaba despejado, y el aire olía a sal y tierra húmeda. El faro seguía parpadeando, constante y lejano. Siempre había estado allí, pero esa mañana parecía diferente. Era como si lo llamara.
Bajó al puerto para revisar su bote. La tormenta lo había golpeado, pero seguía flotando. Las redes estaban dañadas, y algunas maderas crujían al pisarlas, pero Miguel sabía que podía arreglarlo. Mientras trabajaba, su mirada volvía una y otra vez al faro. No era un lugar desconocido; todos en el pueblo sabían de él. Pero nadie iba allí. Decían que era un lugar vacío, que los fareros habían desaparecido hacía años y que el faro funcionaba por algún mecanismo automático. No había razón para ir, decían.
Esa noche, Miguel no durmió. Sentado en la mesa de su cocina, con una botella de ron medio vacía frente a él, pensó en el faro. ¿Por qué importaba tanto? Era solo una estructura de piedra en medio del mar. Pero algo en él se movía, como si una parte de su alma estuviera atrapada en esa luz intermitente, pidiéndole que la reclamara.
A la mañana siguiente, Miguel preparó su bote y partió hacia el faro. El mar estaba en calma, pero la corriente era traicionera cerca de las rocas. Sabía que no sería fácil llegar, pero estaba decidido. No sabía qué buscaba, pero sabía que no podía quedarse en el pueblo sin intentar averiguarlo.
La travesía fue silenciosa, salvo por el sonido del agua golpeando el casco. Miguel remaba con fuerza, sintiendo cómo sus brazos volvían a ser los de un hombre joven. Había algo en el esfuerzo físico que lo hacía sentirse vivo. El faro se hacía más grande a medida que se acercaba, y por primera vez en mucho tiempo, sintió emoción en el pecho. No miedo, no ansiedad. Algo más.
Al llegar, ató el bote a un anclaje de hierro oxidado y trepó las escaleras de piedra que llevaban a la entrada del faro. La puerta estaba cerrada, pero no con llave. Miguel la empujó, y un chirrido seco rompió el silencio.
El interior del faro estaba oscuro y frío. La luz que giraba en lo alto proyectaba sombras en las paredes de piedra. Había escaleras que llevaban a la cima, pero también una pequeña habitación en la base. Miguel encendió una lámpara de aceite que encontró en una mesa, y la luz reveló un espacio lleno de polvo y abandono. Había mapas, diarios, y un escritorio con una silla rota. Todo parecía estar ahí desde hacía décadas, como si los fareros hubieran salido un día y nunca hubieran regresado.
Miguel tomó uno de los diarios. Las páginas estaban amarillentas, pero las palabras aún eran legibles. Era el registro de un farero, un hombre llamado Luis, que había trabajado allí hacía muchos años. Las entradas hablaban de días interminables, del aislamiento, del sonido constante del mar. Pero también había algo más: preguntas, reflexiones sobre el propósito de mantener la luz encendida cuando parecía que nadie la necesitaba.
Una entrada llamó su atención.
“La luz no es para los barcos que pasan. Es para los que la necesitan, aunque no sepan que la están buscando.”
Miguel cerró el diario y miró hacia la escalera. Subió, sintiendo cada paso como un acto de desafío contra sí mismo.
Cuando llegó a la cima, el faro giraba lentamente, iluminando el mar en intervalos regulares. Desde allí, el mundo parecía diferente. El pueblo era un punto en la distancia, y el horizonte se extendía infinito. Miguel se quedó allí por horas, mirando cómo la luz cortaba la oscuridad. No sabía si alguien más podía verla, pero eso ya no importaba. Él la veía.
Mientras bajaba, supo que no podía regresar al pueblo como si nada hubiera pasado. Había algo en el faro, en su soledad y su propósito silencioso, que lo había cambiado. No sabía exactamente qué significaba, pero entendía que no podía seguir viviendo como antes.
Esa noche, Miguel no regresó al pueblo. Encendió la lámpara de aceite en la base del faro, preparó una comida simple con los víveres que había traído, y se quedó despierto hasta tarde, escribiendo en un viejo cuaderno que encontró en el escritorio. No eran reflexiones profundas ni grandes revelaciones. Solo pensamientos, preguntas, pequeños fragmentos de una vida que recién comenzaba a comprender.
El faro seguía girando, y por primera vez en mucho tiempo, Miguel sintió que su vida también tenía un rumbo.