La lluvia golpeaba con fuerza, como si el cielo estuviera decidido a lavar todo lo que tocara. Mario llevaba horas caminando por la costa, con la ropa empapada y el viento clavándose en su rostro como pequeñas agujas. No sabía exactamente cómo había llegado ahí. Solo recordaba conducir sin rumbo, intentando escapar de una vida que parecía más un peso que un regalo.
El sonido del mar rugía en la distancia, mezclándose con los truenos que sacudían el cielo. Pero entonces lo vio: un faro, solitario en la cima de un acantilado. La luz giraba lentamente, cortando la oscuridad con un haz que parecía señalarle el camino.
Mario dudó. Parte de él quería ignorarlo y seguir caminando, perderse en la tormenta como había hecho tantas veces antes. Pero algo en el faro lo llamaba, como si supiera que lo estaba buscando, incluso si él no lo sabía.
La subida fue difícil. El barro hacía resbalar sus pasos, y el viento casi lo derribaba en varias ocasiones. Pero finalmente llegó. La puerta del faro estaba entreabierta, y una luz cálida escapaba por la rendija, contrastando con la brutalidad de la tormenta.
Entró sin pensarlo. El interior era pequeño, con una escalera de caracol que subía hacia la luz. Las paredes estaban cubiertas de mapas antiguos y fotografías de barcos, pero no había nadie. Mario llamó, pero solo escuchó el eco de su propia voz.
Algo lo empujó a subir. Los escalones crujían bajo su peso, y el aire se volvía más cálido a medida que ascendía. Cuando llegó a la cima, encontró una sala circular con ventanas que ofrecían una vista de 360 grados del mar embravecido. En el centro, la gran lámpara del faro giraba lentamente, bañando la sala con una luz intermitente.
Pero no estaba solo.
Un hombre estaba de pie junto a la lámpara. Vestía un abrigo largo, y su rostro estaba parcialmente oculto por la sombra de un sombrero. No parecía sorprendido por la presencia de Mario. De hecho, parecía esperarlo.
—¿Buscas algo? —preguntó el hombre, con una voz que era tan tranquila como el ojo de una tormenta.
Mario no supo qué responder. Había huido de todo: de su trabajo, de su familia, de sus propios pensamientos. Pero nunca había sabido qué buscaba. Solo sabía que estaba perdido.
—No lo sé —dijo finalmente, con la voz quebrada—. Solo quería… escapar.
El hombre asintió, como si entendiera perfectamente. Luego señaló hacia la ventana.
—Mira.
Mario se acercó y miró hacia el mar. La tormenta era violenta, pero en medio de las olas se distinguía algo: un pequeño bote, a merced del viento y el agua. En él, vio a un hombre luchando desesperadamente por mantener el equilibrio. Era un espectáculo angustiante, pero había algo extraño en el bote. El hombre que estaba en él… era él mismo.
—Eso es lo que eres ahora —dijo el farero—. Luchas contra la tormenta, pero no tienes rumbo. Todo lo que haces es intentar sobrevivir, pero nunca avanzas.
Mario sintió un nudo en el estómago. Era cierto. Había pasado años moviéndose sin dirección, dejando que el miedo y la inseguridad decidieran por él. Siempre huyendo, siempre evitando enfrentarse a lo que realmente importaba.
—¿Y qué hago? —preguntó, con un hilo de voz.
El farero lo miró, y por primera vez Mario pudo ver sus ojos. Eran profundos, como si contuvieran el reflejo de todas las tormentas que había enfrentado en su vida.
—Enciende tu luz —respondió el hombre—. No puedes calmar la tormenta, pero puedes guiarte a través de ella.
Mario no entendió al principio, pero luego miró hacia la lámpara del faro. La luz giraba, constante y fuerte, iluminando incluso los rincones más oscuros del mar. No podía detener la lluvia ni el viento, pero ofrecía algo mucho más valioso: claridad.
—¿Cómo? —preguntó, sintiendo que sus palabras eran un susurro frente al rugido del mar.
El farero sonrió levemente y colocó una mano en el hombro de Mario.
—Recuerda quién eres. No quién te dijeron que debías ser. No quién pensaste que debías ser. Encuentra tu luz, y deja que te guíe.
Mario cerró los ojos. Por un momento, todo fue silencio. No la ausencia de sonido, sino un silencio profundo, interno. Recordó cosas que había olvidado: la vez que escribió su primer poema y sintió que el mundo era suyo, la sonrisa de su madre cuando lograba algo que parecía imposible, el día que tomó una decisión solo porque lo hacía feliz, sin importar lo que los demás pensaran.
Cuando abrió los ojos, el farero ya no estaba. La sala estaba vacía, pero algo había cambiado. Mario miró hacia el mar y vio el bote otra vez. Pero esta vez, el hombre en el bote no estaba a merced de las olas. Había levantado una vela, y la luz del faro lo guiaba hacia la costa.
Mario bajó las escaleras y salió al frío de la noche. La tormenta seguía ahí, pero ya no le daba miedo. Comenzó a caminar, esta vez con paso firme. No sabía exactamente a dónde iba, pero por primera vez en mucho tiempo, no importaba. La luz estaba dentro de él.