El día había comenzado con una neblina ligera que cubría los campos alrededor de la vieja casona. Ana miraba por la ventana de la sala mientras el vapor de su té subía lentamente en el aire frío de la mañana. Había venido a este lugar buscando algo que no podía nombrar, una sensación de vacío que no podía llenar en la ciudad. La casona pertenecía a Samuel, un hombre mayor que vivía solo en esas tierras desde hacía décadas.
—¿Esperabas algo diferente? —preguntó Samuel desde el umbral de la puerta.
Ana se giró, sorprendida. No lo había escuchado entrar.
—¿Perdón?
—La neblina. ¿Te decepciona que no haya salido el sol?
Ana miró de nuevo por la ventana y luego a Samuel. Su rostro estaba sereno, con una leve sonrisa que parecía permanente.
—No esperaba nada en particular —respondió finalmente.
Samuel asintió, como si esa fuera la única respuesta posible.
—Es un buen comienzo —dijo, mientras se servía un café.
Después del desayuno, Samuel la llevó al jardín detrás de la casona. Era un lugar amplio, lleno de árboles viejos, con un pequeño estanque en el centro. Los pájaros cantaban, y el sonido del agua corriendo desde una fuente cercana llenaba el aire.
—¿Qué ves? —preguntó Samuel, señalando el jardín.
Ana miró alrededor, confusa.
—No lo sé. Un jardín. Es bonito, supongo.
—No lo supongas. Míralo.
Ana frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
Samuel se sentó en un banco de piedra bajo un sauce. Su expresión no cambió, pero su mirada era intensa.
—Estamos tan acostumbrados a nombrar las cosas que olvidamos verlas. Llamas a esto un jardín, pero no lo estás viendo realmente.
Ana cruzó los brazos.
—Es solo un jardín.
Samuel sonrió.
—¿Y tú? ¿Eres solo Ana?
Ella no respondió de inmediato. Miró el estanque, luego los árboles, y finalmente a Samuel.
—No sé qué soy.
—Exacto.
Pasaron la mañana en silencio. Samuel trabajaba en el huerto, arrancando hierbas malas y regando las plantas. Ana lo observaba desde una silla, sintiendo que el tiempo pasaba de una manera diferente en ese lugar. No había prisa, ni ruido, solo el sonido de las aves y el viento entre las ramas.
Finalmente, Ana se levantó y se acercó al estanque. Se arrodilló junto al agua y miró su reflejo. Era un reflejo como cualquier otro, pero había algo en él que la incomodaba.
—¿Qué ves? —preguntó Samuel, que había aparecido detrás de ella sin que se diera cuenta.
—A mí misma. Supongo.
—¿Y quién eres tú?
Ana se quedó en silencio, mirando el agua.
—Eso he estado intentando averiguar.
Samuel se sentó junto a ella, dejando caer la azada que llevaba.
—El problema es que estás buscando algo que ya tienes.
—¿Cómo puedo tener algo que no entiendo?
—Porque no necesitas entenderlo. Solo necesitas verlo.
Ana frunció el ceño.
—Eso no tiene sentido.
Samuel sonrió de nuevo.
—No tiene que tenerlo.
Por la tarde, caminaron por los campos que rodeaban la casona. El sol había salido finalmente, y los colores del paisaje eran más vivos de lo que Ana recordaba. Los verdes eran más profundos, y el cielo parecía más amplio.
—¿Por qué viniste aquí? —preguntó Samuel, rompiendo el silencio.
—Porque sentía que algo faltaba.
—¿Y crees que lo encontrarás aquí?
Ana lo miró.
—Eso espero.
Samuel se detuvo y señaló una flor que crecía junto al camino.
—¿Crees que esta flor siente que algo le falta?
Ana lo miró, confundida.
—Es solo una flor. No puede sentir nada.
—¿Estás segura?
—Claro que sí.
Samuel se agachó y tocó la flor con cuidado.
—Ella no necesita buscar nada. Simplemente es. Eso es todo lo que necesita ser. ¿Por qué tú necesitas algo más?
Ana no tenía respuesta. Miró la flor, luego a Samuel, y se sintió más perdida que nunca.
Esa noche, Ana no pudo dormir. Se quedó en la cama, mirando el techo, escuchando los sonidos lejanos de los animales nocturnos. Había algo en las palabras de Samuel que la inquietaba, algo que no podía quitarse de la cabeza.
Finalmente, se levantó y salió al jardín. La luna estaba alta, y su luz hacía que todo pareciera diferente. Se sentó junto al estanque y miró su reflejo de nuevo. Esta vez, no vio a la persona que esperaba. Vio algo más, algo que no podía describir.
—Es extraño, ¿verdad? —dijo Samuel, que había salido detrás de ella.
Ana no se sobresaltó. De alguna manera, había esperado que él apareciera.
—¿Qué es extraño?
—Que pasamos toda la vida tratando de entendernos, cuando lo único que necesitamos es aceptarnos.
Ana lo miró.
—¿Y cómo se hace eso?
—Dejas de buscar. Dejas de esperar. Solo estás.
Ana suspiró.
—Eso suena demasiado simple.
Samuel sonrió.
—Lo es. Pero no es fácil.
Pasaron tres semanas en la casona. Cada día, Ana trabajaba en el jardín con Samuel, caminaba por los campos, y pasaba horas en silencio, observando. Al principio, se sentía inquieta, como si estuviera perdiendo el tiempo. Pero lentamente, esa sensación comenzó a cambiar. Había algo en la simplicidad de ese lugar que empezaba a llenar el vacío que sentía.
Una tarde, mientras recogían frutas en el huerto, Ana se detuvo y miró a Samuel.
—Creo que entiendo lo que decías.
Samuel levantó la vista.
—¿Qué entiendes?
—Que no necesito buscar tanto. Que lo que quiero no está en el futuro. Está aquí.
Samuel asintió.
—Siempre ha estado aquí.
Ana sonrió, y por primera vez en mucho tiempo, esa sonrisa se sintió real.
Cuando llegó el día de irse, Ana empacó sus cosas y miró la casona una última vez. Samuel estaba en el jardín, cuidando las plantas como siempre.
—¿Volveré a sentirme perdida? —preguntó.
—Tal vez. Pero ahora sabes dónde encontrarte.
Ana asintió y se despidió con un abrazo. Mientras caminaba hacia el auto, el sol comenzaba a ponerse, y el mundo parecía más vivo que nunca.
En el camino de regreso, Ana se dio cuenta de que no había dejado nada atrás. Todo lo que necesitaba estaba con ella. Y eso era suficiente.