El puerto estaba tranquilo esa mañana. El sol apenas comenzaba a asomarse sobre el horizonte, y el agua reflejaba los colores del amanecer como un espejo. Miguel ajustó la red en el pequeño bote de madera y miró hacia el mar. Era un día perfecto para pescar, sin viento fuerte ni señales de tormenta. Pero algo en el aire lo inquietaba, aunque no sabía qué.
—¿Listo para otro día, viejo? —dijo Ramón, su compañero de pesca, mientras caminaba hacia el bote con un balde en la mano.
Miguel asintió, pero no respondió. Ramón subió al bote, dejando caer el balde con un ruido sordo, y se sentó en la parte trasera.
—No me mires así. Ayer tuvimos suerte, y hoy será igual.
—No es el mar lo que me preocupa —respondió Miguel, sin apartar la vista del horizonte.
Ramón rió, sacudiendo la cabeza.
—Siempre dices lo mismo. ¿Qué será esta vez? ¿El viento? ¿El color del cielo? ¿O es ese maldito faro que sigue guiando barcos a un puerto vacío?
Miguel no respondió. Encendió el motor del bote, y el ruido ahogó cualquier intento de continuar la conversación.
El bote avanzó lentamente hacia mar abierto. Las olas eran suaves, y el sol se alzaba, pintando todo con un tono cálido. Ramón encendió un cigarro y dejó que el humo se elevara en espirales antes de hablar.
—¿Cuánto llevas haciendo esto, Miguel?
—Toda mi vida.
—Exacto. Entonces, ¿por qué sigues actuando como si el mar te fuera a tragar? Sabes cómo manejarlo mejor que nadie.
Miguel dejó que las palabras flotaran en el aire antes de responder.
—No es el mar lo que cambia, Ramón. Somos nosotros.
Ramón lo miró, esperando una explicación, pero Miguel se quedó en silencio. El motor del bote se apagó cuando llegaron al punto de pesca habitual. Miguel lanzó el ancla y comenzó a preparar las redes.
—¿Qué quisiste decir con eso? —insistió Ramón, rompiendo el silencio.
—El mar siempre está ahí. Cambia con las estaciones, sí, pero nunca deja de ser lo que es. Nosotros somos los que traemos nuestras propias tormentas.
Ramón resopló, arrojando la colilla al agua.
—Hablas como si el mar tuviera algo contra nosotros.
Miguel lo miró por primera vez desde que habían salido del puerto.
—El mar no tiene nada contra nadie. Pero tampoco te da nada gratis.
Pasaron las horas en silencio, revisando las redes y esperando la primera señal de movimiento. Era un trabajo mecánico, repetitivo, que dejaba demasiado espacio para pensar. Ramón rompió el silencio de nuevo.
—¿Por qué sigues haciendo esto, Miguel? Podrías vender el bote, mudarte al pueblo y vivir tranquilo.
—¿Y hacer qué? —preguntó Miguel sin mirarlo.
—No sé. Algo menos solitario. Podrías trabajar en la lonja. Todos respetan tu experiencia.
Miguel negó con la cabeza.
—No pesco por el dinero. Pesco porque es lo único que sé hacer. Y porque aquí, en el mar, todo es honesto. No hay promesas vacías, no hay mentiras. Solo tú, el agua, y lo que decides enfrentar.
Ramón se quedó callado, pero la respuesta no parecía satisfacerlo.
La tarde llegó rápidamente, y las redes comenzaron a llenarse. Miguel y Ramón trabajaron en silencio, recogiendo peces y lanzando las redes de nuevo. Era un buen día; el mejor que habían tenido en semanas. Pero mientras Ramón celebraba cada captura, Miguel miraba al horizonte con la misma expresión seria de siempre.
—¿Qué ves allá? —preguntó Ramón, finalmente cansado del silencio.
—Nada. Eso es lo que me preocupa.
—¿Cómo puede preocuparte lo que no está ahí?
—Porque el mar nunca está vacío. Si parece que lo está, es porque algo se está escondiendo.
Ramón soltó una carcajada, pero esta vez no tuvo el tono ligero de antes. Había algo en la forma en que Miguel hablaba que lo inquietaba.
Cuando el sol comenzó a ponerse, Miguel encendió el motor y levantó el ancla. El bote estaba más pesado con la pesca del día, y Ramón se recostó, satisfecho.
—¿Ves? Te preocupaste por nada. Un buen día, como siempre.
Miguel no respondió. Mantenía la vista fija en el agua, como si esperara que algo saliera de las profundidades.
—¿Por qué no puedes simplemente disfrutarlo? —insistió Ramón.
—Porque el mar nunca es tan generoso sin razón.
Ramón abrió la boca para responder, pero antes de que pudiera decir algo, el motor se detuvo. Miguel frunció el ceño y giró la llave, pero el motor no arrancó.
—¿Qué pasa ahora? —preguntó Ramón, enderezándose.
Miguel no respondió. Revisó el motor, pero no encontró nada que explicara el fallo. La corriente comenzó a arrastrarlos lentamente, y las luces del puerto eran apenas visibles en la distancia.
—¿Tienes las bengalas? —preguntó Miguel.
Ramón asintió, pero no se movió.
—Entonces prepárate para usarlas.
—¿No crees que estás exagerando? Solo es el motor. Lo arreglaremos y…
Un golpe bajo el bote interrumpió sus palabras. Ambos hombres se quedaron inmóviles, escuchando. Otro golpe, más fuerte esta vez, hizo que el bote se tambaleara.
—¿Qué fue eso? —preguntó Ramón, con la voz temblorosa.
Miguel se levantó lentamente y tomó un remo.
—No lo sé. Pero no vamos a esperar para averiguarlo.
El golpe se repitió, más fuerte. Algo estaba debajo de ellos, algo grande. Miguel lanzó el remo al agua para medir la profundidad. Era demasiado oscuro para ver, pero el remo no tocó fondo.
—¿Qué hacemos? —preguntó Ramón, ahora claramente asustado.
—Mantén la calma. Prepara las bengalas.
Ramón buscó en la caja de suministros mientras el bote seguía tambaleándose. Miguel encendió una linterna y la apuntó al agua, pero no vio nada. Solo el reflejo de la luz en la superficie.
—¿Qué crees que es? —preguntó Ramón, con las manos temblorosas.
Miguel no respondió. El bote se inclinó de repente, y ambos hombres cayeron al suelo. Miguel se levantó rápidamente, buscando cualquier señal de lo que los estaba atacando.
Finalmente, lo vio. Una sombra enorme se movía bajo el agua, lenta pero imponente. No era un pez, ni un tiburón. Era algo más, algo que no podía identificar.
—Lanza la bengala —ordenó Miguel.
Ramón obedeció, y la luz roja iluminó el agua por un momento. La sombra desapareció, pero el bote seguía balanceándose.
—¿Por qué no se va? —preguntó Ramón, casi gritando.
—Porque el mar no nos deja ir tan fácilmente —dijo Miguel, con la voz tranquila pero firme.
Las horas pasaron lentamente. El motor seguía sin funcionar, y la sombra continuaba acechando bajo el bote. Miguel y Ramón se turnaron para vigilar, pero el cansancio comenzaba a vencerlos.
—¿Crees que saldremos de esta? —preguntó Ramón en un susurro.
Miguel lo miró.
—Siempre hay una salida. Pero no siempre es la que esperamos.
Ramón no preguntó qué quería decir con eso. Simplemente se recostó, con la mirada perdida en el cielo.
Cuando el sol comenzó a salir, la sombra desapareció. El mar estaba en calma, como si nada hubiera pasado. Miguel revisó el motor una última vez, y esta vez arrancó. Ramón dejó escapar un suspiro de alivio, pero Miguel no parecía relajarse.
—¿Qué fue eso, Miguel? —preguntó mientras se alejaban.
Miguel miró al horizonte y luego a Ramón.
—El mar siempre te pone a prueba. Y nosotros la pasamos.
—¿Eso es todo? ¿Una prueba?
Miguel asintió.
—Una prueba para recordarnos que nunca estamos en control.
El bote llegó al puerto al mediodía. Ramón saltó a tierra y se despidió con una mano temblorosa. Miguel se quedó en el bote por un momento más, mirando el agua.
El mar estaba tranquilo, pero Miguel sabía que nunca descansaba.