El Pozo del Alma

En un rincón del estado de Rajasthan, donde el desierto se extendía como un océano de arena y las dunas cambiaban con el viento, se encontraba el pequeño pueblo de Dharmapur. En el centro del pueblo había un pozo antiguo, rodeado de historias y leyendas que habían pasado de generación en generación.

Los ancianos decían que el pozo no era solo un lugar para sacar agua; era un espejo del alma. Aquellos que buscaban en su reflejo no veían su rostro, sino lo que guardaban dentro de sí mismos. Algunos regresaban con claridad, otros con miedo, y algunos nunca volvían.


Vikram había regresado a Dharmapur después de una década. La ciudad le había dado riquezas y comodidades, pero también una sensación de vacío que no podía llenar. Su padre había fallecido recientemente, y el deber de manejar los asuntos familiares lo había traído de vuelta.

—Es bueno que estés aquí, hijo —dijo su madre, ofreciéndole chai en la veranda de su casa—. Pero veo que tu corazón no está en paz.

Vikram apartó la mirada hacia las dunas.

—No sé qué busco, maa. Todo lo que construí en la ciudad parece… vacío.

Su madre suspiró, con una mirada de sabiduría.

—Entonces, ve al pozo.

Vikram la miró con una mezcla de sorpresa y escepticismo.

—¿El pozo? ¿Qué voy a encontrar allí? ¿Agua?

—No, hijo. Pero tal vez encuentres respuestas.


A la mañana siguiente, Vikram se dirigió al pozo. Estaba rodeado de árboles neem y flores marchitas, y las cuerdas viejas colgaban de la polea. El lugar estaba vacío, salvo por un anciano sentado en una roca cercana. Vestía un dhoti blanco, con un bastón de madera en la mano.

—¿Vienes por el agua o por algo más? —preguntó el anciano.

Vikram vaciló.

—No estoy seguro.

El anciano asintió.

—Eso es lo que dicen todos al principio. Mira dentro, pero prepárate. No siempre gusta lo que ves.

Vikram se acercó al pozo y miró hacia abajo. El agua estaba inmóvil, reflejando el cielo claro y su propio rostro. Por un momento, no pasó nada, pero luego, algo cambió. El reflejo comenzó a ondular, y en lugar de su rostro, vio imágenes.


Primero, vio a su padre, trabajando en los campos, bajo el calor del sol. Recordó cómo solía acompañarlo de niño, llevando agua en un cántaro mientras su padre araba la tierra. Había dejado de hacerlo al crecer, considerándolo un trabajo insignificante comparado con sus sueños de la ciudad.

—Él nunca te pidió más que tu compañía —dijo una voz suave detrás de él.

Vikram se giró, pero no había nadie. Las imágenes seguían cambiando. Ahora veía a su madre, sentada sola en la veranda, mirando el horizonte, esperando noticias de él mientras él estaba demasiado ocupado en la ciudad.

—Ella te dio todo. ¿Qué le diste a cambio?

Vikram apretó los puños, sintiendo una mezcla de culpa y tristeza.


El pozo mostró más. Sus días en la ciudad, rodeado de lujos y compañías superficiales. Vio cómo se alejaba de sus valores, cómo las ambiciones lo consumían hasta que todo lo que le quedaba era una soledad silenciosa.

—Hiciste todo para ganar el mundo, pero perdiste tu alma —dijo la misma voz.

Vikram cerró los ojos, pero las imágenes no desaparecieron. En cambio, una sensación de calor llenó su pecho, como si el pozo estuviera comunicándose directamente con su corazón.

—¿Qué debo hacer? —preguntó en voz alta.

El agua del pozo se agitó ligeramente, y el reflejo cambió. Ahora mostraba un campo verde, una casa llena de risas, y un Vikram diferente: tranquilo, conectado con su familia y sus raíces.

—El camino de regreso no es un viaje físico. Es un regreso a ti mismo.


Vikram pasó horas junto al pozo, reflexionando sobre lo que había visto. Cuando el sol comenzó a ponerse, el anciano se le acercó.

—¿Encontraste lo que buscabas? —preguntó.

—Encontré lo que no sabía que necesitaba —respondió Vikram.

El anciano asintió.

—Recuerda, el pozo no te da respuestas. Solo te muestra lo que ya sabes en tu interior.

Vikram inclinó la cabeza en señal de respeto y comenzó a caminar de regreso al pueblo.


En los días que siguieron, Vikram decidió quedarse en Dharmapur. Restauró la granja de su padre, trabajó junto a los campesinos y pasó tiempo con su madre. Redescubrió el valor de las pequeñas cosas: el sabor del chai al amanecer, el sonido de las campanas del templo, y las historias que los ancianos contaban bajo la sombra de los neem.

Una tarde, mientras caminaba hacia el pozo, encontró a un niño de la aldea, parado junto a la cuerda rota de la polea.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Vikram.

—Dicen que el pozo muestra cosas —respondió el niño, con los ojos llenos de curiosidad.

Vikram sonrió.

—Muestra lo que llevas dentro. Si buscas con un corazón abierto, siempre encontrarás algo valioso.

El niño lo miró con ojos llenos de esperanza.

—¿Y tú? ¿Encontraste algo?

Vikram miró el pozo, sintiendo una paz que nunca antes había conocido.

—Sí. Encontré mi hogar.