El Puente de las Promesas

El puente era viejo, de madera grisácea y cuerdas desgastadas que crujían con cada ráfaga de viento. Estaba suspendido sobre un cañón profundo, donde el río corría con una fuerza salvaje, como si quisiera arrastrar cualquier cosa que cayera en él. Clara se detuvo frente al puente, con una mezcla de miedo y fascinación.

Había llegado ahí casi por accidente, o al menos eso quería creer. La pequeña posada en el pueblo cercano había tenido un mapa antiguo colgado en la pared, y el dueño le había hablado del puente con un tono extraño, como si escondiera algo más que historia.

—Dicen que cruzarlo no es para cualquiera —le había advertido—. Ese puente no solo te lleva al otro lado. También te enfrenta a lo que llevas dentro.

Clara había sonreído, pensando que era solo una leyenda local, pero ahora, parada frente a ese abismo, no estaba tan segura. El viento soplaba con fuerza, y cada tablón parecía a punto de quebrarse. Sin embargo, algo en su interior la empujaba a dar un paso adelante.

Respiró hondo y apoyó un pie en el primer tablón. El crujido resonó en el silencio, pero el puente aguantó. Luego dio otro paso, y otro. A cada paso, el viento parecía volverse más fuerte, como si el puente supiera que ella estaba ahí y quisiera desafiarla.

A mitad de camino, el aire cambió. Ya no era solo el viento lo que la rodeaba. Había algo más, algo intangible pero presente. Una voz, suave y familiar, le habló desde las sombras del abismo.

—¿Por qué estás aquí, Clara?

Ella se detuvo en seco. La voz no venía de afuera; venía de dentro. Era su propia voz, pero más profunda, más seria.

—No lo sé —respondió en un susurro.

—Claro que lo sabes —insistió la voz—. Estás huyendo, como siempre.

Clara sintió un nudo en la garganta. Había huido muchas veces, de relaciones, de trabajos, de decisiones importantes. Siempre encontraba una excusa para evitar enfrentarse a lo que realmente importaba.

—No estoy huyendo —intentó decir, pero incluso a ella le sonó falso.

El viento sopló más fuerte, y uno de los tablones se quebró frente a ella, dejando un vacío que debía saltar para seguir adelante. Miró hacia el otro lado del puente, pero la distancia parecía infinita, como si no importara cuánto caminara, nunca llegaría al final.

—No puedes cruzar si llevas todo ese peso contigo —dijo la voz.

Clara cerró los ojos. Sabía de qué peso hablaba. Recordó las promesas que había roto: a su madre, de que regresaría a casa; a su mejor amiga, de que siempre estaría ahí para ella; y a sí misma, de que algún día encontraría el valor para ser quien realmente quería ser.

Las promesas incumplidas eran como piedras en su pecho, haciéndola sentir más pesada con cada paso. Si no las soltaba, el puente no la dejaría cruzar.

—¿Cómo las dejo ir? —preguntó, con la voz quebrada.

El viento se calmó por un momento, y la voz respondió con la misma suavidad de antes.

—No necesitas olvidarlas. Solo necesitas aceptarlas. Haz las paces con lo que no cumpliste y sigue adelante.

Clara respiró hondo. Pensó en su madre, en los años que había pasado evitando sus llamadas porque no quería enfrentar el juicio en su voz. Pensó en su amiga, a quien había dejado de escribir porque se sentía culpable por no estar ahí cuando más la necesitaba. Pensó en sí misma, en todas las veces que había dicho: mañana cambiaré, y luego había dejado que los días se convirtieran en años.

—Lo siento —murmuró, y las palabras se sintieron como una liberación.

El puente dejó de crujir. Los tablones ya no parecían tan frágiles, y la distancia al otro lado parecía más corta. Clara dio un paso adelante, y luego otro. A medida que avanzaba, el peso en su pecho se desvanecía, como si cada paso la hiciera más ligera.

Cuando llegó al otro lado, el viento se detuvo por completo. El sol se asomaba en el horizonte, y el aire era cálido, lleno de vida. Clara miró hacia atrás, al puente que ahora parecía tan pequeño y simple, como si las sombras que lo rodeaban hubieran desaparecido.

Sonrió, no porque todo estuviera resuelto, sino porque había dado el primer paso. Sabía que aún tenía caminos por recorrer, promesas por cumplir, pero ya no tenía miedo.

Clara miró hacia adelante y comenzó a caminar. Esta vez, con la certeza de que podía cruzar cualquier puente que se le presentara.