La niebla cubría el valle como un manto espeso, haciendo que todo se viera borroso y distante. Mateo ajustó su mochila y miró el viejo puente colgante que se extendía sobre el abismo. Era de madera desgastada y cuerdas envejecidas por los años. Cada tablón parecía contar historias de los que habían cruzado antes que él, aunque no todos regresaron para contarlas.
—No es seguro —dijo Andrés, su amigo, mientras observaba el puente con el ceño fruncido.
—Nunca lo es —respondió Mateo, sin apartar la vista del otro lado.
—Podemos buscar otro camino. Hay que ser pacientes.
Mateo negó con la cabeza.
—No tenemos tiempo. Si esperamos más, la niebla será peor.
Andrés suspiró. No quería cruzar ese puente, pero sabía que no podía dejar a Mateo hacerlo solo.
Los hombres se prepararon en silencio. Mateo revisó las cuerdas del puente mientras Andrés buscaba algo en su mochila.
—¿Qué haces? —preguntó Mateo.
—Asegurándome de que llevemos algo útil si caemos.
—Si caemos, nada será útil.
Andrés no respondió. Sabía que Mateo tenía razón, pero aferrarse a algo, aunque fuera una ilusión, lo hacía sentir mejor.
El primer paso sobre el puente fue el más difícil. La madera crujió bajo el peso de Mateo, y el sonido resonó en el silencio. La niebla era tan densa que apenas podía ver un par de metros delante de él. Cada paso parecía más incierto que el anterior, pero seguía avanzando.
—¿Cómo está? —gritó Andrés desde atrás.
—Se siente firme. Por ahora.
Andrés comenzó a cruzar también, manteniendo distancia para no sobrecargar las cuerdas. Cada paso lo hacía sentir que el vacío bajo sus pies se hacía más real.
—¿Por qué estamos haciendo esto? —preguntó Andrés, intentando calmar sus nervios con palabras.
—Porque no hay otro camino —respondió Mateo, sin voltear.
—Siempre hay otro camino.
—Pero no siempre tenemos el tiempo para encontrarlo.
Andrés no respondió. Sabía que Mateo estaba decidido a llegar al otro lado, y cualquier discusión era inútil.
A mitad del puente, la niebla era más densa, y el aire parecía más frío. Mateo se detuvo y miró hacia abajo, aunque sabía que no vería nada. Era un abismo interminable, silencioso, como si el mundo terminara en ese punto.
—¿Qué pasa? —preguntó Andrés, al notar que Mateo no avanzaba.
—Nada. Solo estoy escuchando.
—¿Escuchando qué?
—El puente. Nos dice si va a aguantar.
Andrés rió nerviosamente.
—Espero que esté diciendo cosas buenas.
Mateo no respondió. Dio otro paso, y la madera crujió más fuerte. Se detuvo de nuevo.
—No mires hacia abajo —dijo, más para sí mismo que para Andrés.
—No lo estoy haciendo. Ni pienso hacerlo.
Mateo siguió avanzando, pero más despacio. Podía sentir cómo las cuerdas se tensaban con cada movimiento. La niebla hacía que todo pareciera más pesado, como si el mundo los empujara hacia el vacío.
Un viento frío comenzó a soplar, balanceando ligeramente el puente. Andrés maldijo en voz baja, y Mateo se detuvo de nuevo.
—Esto no está bien —dijo Andrés.
—Nada de esto está bien. Pero sigamos.
—¿Y si no lo logramos?
Mateo lo miró por encima del hombro.
—Entonces al menos sabremos que lo intentamos.
Andrés resopló, pero no discutió. Sabía que Mateo tenía algo que demostrar, no al mundo, sino a sí mismo. Y Andrés, aunque no lo entendía del todo, estaba allí para asegurarse de que no lo hiciera solo.
El último tramo del puente fue el más difícil. Las tablas estaban más podridas, y las cuerdas parecían más delgadas. Cada paso era un riesgo calculado, y ambos hombres sabían que no podían detenerse ahora.
—¿Por qué el otro lado importa tanto para ti? —preguntó Andrés, rompiendo el silencio.
—Porque es lo único que no he visto.
—¿Eso es suficiente?
—Es todo lo que necesito.
Andrés no respondió. Su amigo siempre había sido así: alguien que veía límites donde otros veían caminos, y caminos donde otros veían límites.
Cuando finalmente llegaron al otro lado, la niebla comenzaba a disiparse. La tierra era más firme, y los árboles se alzaban altos y oscuros, como guardianes del lugar. Mateo se dejó caer de rodillas, respirando profundamente. Andrés se sentó a su lado, mirando hacia el puente.
—Lo logramos —dijo Andrés, como si no pudiera creerlo.
—Sí —respondió Mateo, sin apartar la vista del suelo.
—¿Y ahora qué?
Mateo levantó la vista hacia los árboles, hacia el camino que se extendía más allá de ellos.
—Ahora seguimos adelante.
Andrés lo miró y sonrió ligeramente.
—Siempre seguimos adelante, ¿verdad?
—Siempre.
Los hombres se levantaron y comenzaron a caminar. Dejaron el puente atrás, sabiendo que lo más difícil estaba hecho, pero también que el camino aún no había terminado.
El silencio del bosque los envolvió, pero ya no parecía pesado. Era el silencio de algo nuevo, algo por descubrir. Y eso, pensó Mateo, era lo único que realmente importaba.