El Reflejo del Amanecer

Me levanté cuando el sol apenas rozaba el horizonte. La pesadilla había sido la misma de siempre: María alejándose en un corredor infinito mientras yo corría sin poder alcanzarla. Mis manos temblaban cuando encendí la cafetera. El apartamento estaba en silencio, ese silencio que duele. Sobre la mesa, las pastillas para dormir que el médico me había recetado seguían intactas. No las necesitaría más.

Preparé la mochila con lo esencial: una cantimplora, un termo de café, un sándwich y la carta. Siempre la carta. El papel ya estaba gastado en los pliegues, las palabras casi borradas de tanto leerlas. “No puedo seguir así, Carlos. Necesito encontrarme a mí misma.” Tres años y aún dolía como el primer día.

El aire frío de la montaña cortaba como un cuchillo. El sendero comenzaba en las afueras del pueblo, serpenteando entre pinos centenarios. Mis botas dejaban huellas profundas en el barro. A medida que subía, el pueblo se hacía pequeño abajo, como un puñado de cubos blancos esparcidos por un niño.

El cielo se teñía de naranja cuando las primeras gotas de sudor comenzaron a caer. Los pájaros cantaban su melodía matutina, ajenos a mi presencia. Un ciervo me observó desde la distancia antes de perderse entre los árboles. La naturaleza tenía su propia forma de sanar.

Después de tres horas de caminata, llegué al lago. El agua estaba tan quieta que parecía un espejo. Me senté en una roca y saqué el termo de café. El vapor se elevaba en espirales, mezclándose con la bruma de la mañana. Recordé las mañanas con María, el café compartido, las risas, los planes que nunca llegaron a ser.

“¿Qué buscas?”, me preguntó una voz.

Era un anciano. No lo había visto llegar. Llevaba un bastón de madera tallado con símbolos extraños y una chaqueta desgastada que parecía tan antigua como él. Sus ojos eran claros como el agua del lago, pero había algo más en ellos, una sabiduría que solo el tiempo puede dar.

“No lo sé”, respondí.

“Nadie sube hasta aquí sin una razón”, dijo. “El lago tiene una manera de mostrarnos lo que necesitamos ver.”

“¿Y qué necesito ver?”

“Eso solo tú puedes descubrirlo. Pero te diré algo: las respuestas no están en las cartas viejas ni en los recuerdos gastados.”

No contesté. El anciano se sentó a mi lado. El silencio se extendió como una manta sobre nosotros. Las horas pasaban. El sol subía. El lago cambiaba de color con la luz, del gris al azul, del azul al verde.

“A veces”, dijo finalmente el anciano, “lo que buscamos está en el reflejo, no en el agua. Los espejos nos muestran lo que somos, pero los lagos nos muestran lo que podemos ser.”

Se levantó y comenzó a caminar. No miró atrás. Lo vi alejarse hasta que desapareció entre los árboles, como una aparición que nunca existió.

Me acerqué al borde del lago. Mi reflejo me devolvió la mirada. Vi las cicatrices que el tiempo había dejado en mi rostro. Vi el miedo en mis ojos, el mismo miedo que me había mantenido atado a un pasado que ya no existía. Vi la soledad, pero también vi algo más: vi la posibilidad de cambio.

El agua estaba fría cuando metí las manos. Las gotas cayeron como lágrimas, cada una hacía círculos que distorsionaban mi imagen. Cuando el agua se calmó, mi reflejo había cambiado. Ya no era el hombre que subió la montaña esa mañana.

Saqué la carta arrugada de mi bolsillo. Las palabras de María bailaron ante mis ojos una última vez. La rompí en pedazos pequeños y los dejé caer. El viento los llevó sobre el lago como copos de nieve, llevándose con ellos tres años de dolor.

El sol estaba alto cuando comencé el descenso. Mis pasos eran más firmes ahora. El aire ya no cortaba. Respiraba mejor. Tenía planes: volvería a pintar, viajaría a la costa, comenzaría de nuevo.

En el pueblo, las calles estaban vacías. Me detuve frente a la oficina de correos. Entré. Compré un sobre y papel. Me senté en el banco de la plaza y escribí:

“Querida María,
Me encontré hoy. Era hora de dejar ir.
Carlos”

Metí la carta en el buzón y caminé hacia la estación de autobuses. El futuro se extendía ante mí como un lienzo en blanco.

El autobús llegó puntual. Me senté junto a la ventana. Mientras el pueblo se alejaba, vi mi reflejo en el cristal. Esta vez sonreía. Las montañas se fueron haciendo pequeñas en el horizonte. El sol comenzaba a ponerse, pintando el cielo de rojo y oro.

Cerré los ojos. Por primera vez en mucho tiempo, no tenía miedo del silencio. El viaje sería largo, pero ya no importaba. Había encontrado lo que buscaba. No estaba en el lago, ni en las montañas, ni en las cartas viejas. Estaba en mí, esperando a ser descubierto.

La noche cayó sobre la carretera. Las estrellas aparecieron una a una, como testigos silenciosos de mi transformación. El motor del autobús zumbaba suavemente, un recordatorio constante del movimiento, del cambio, de la vida que seguía adelante.

Me dormí pensando en el reflejo del amanecer en el lago, en el anciano y sus palabras, en las decisiones que nos definen. Cuando desperté, estaba en otro lugar. El sol nacía de nuevo. Era un nuevo día. Era una nueva persona. Y esta vez, estaba listo para vivir.