El Refugio en la Cima

El monasterio de Shanta estaba en lo alto de una montaña cubierta de bosques densos y niebla perpetua. Se decía que quienes llegaban allí no buscaban respuestas, sino silencio, y que en ese silencio, encontraban lo que no sabían que necesitaban.

Mei llegó al pie de la montaña al atardecer, con los pies cansados de caminar y el corazón pesado por el peso de su propia mente. Durante semanas, había sentido una inquietud creciente, como si su vida estuviera desmoronándose en silencio. Su trabajo, sus relaciones, su propósito… todo parecía desvanecerse como humo en el viento.

—Quiero encontrar paz —le había dicho al anciano que la había dirigido al monasterio.

—La paz no es algo que encuentres —había respondido el anciano—. Es algo que permites.


El sendero que conducía al monasterio era empinado y difícil. Mei avanzaba despacio, con los músculos de sus piernas ardiendo y su respiración agitada. Alrededor de ella, el bosque estaba en silencio, salvo por el crujido de las ramas bajo sus pies y el canto ocasional de un pájaro.

Cuando finalmente llegó a las puertas del monasterio, ya era de noche. Una figura vestida con una túnica marrón abrió la puerta: era un monje de rostro sereno y ojos profundos, como un lago en calma.

—¿Por qué has venido? —preguntó el monje.

Mei vaciló, sintiéndose pequeña bajo su mirada.

—No sé qué hacer con mi vida. Todo parece vacío.

El monje asintió lentamente.

—Entonces has venido al lugar correcto. Pero aquí no encontrarás respuestas. Solo encontrarás silencio.

Mei frunció el ceño.

—¿De qué sirve el silencio?

El monje sonrió levemente.

—Descúbrelo por ti misma.


El monasterio era un lugar sencillo, con paredes de piedra, techos de madera y jardines pequeños pero bien cuidados. Los monjes vivían con pocas posesiones, comían en silencio y pasaban la mayor parte del día meditando o cuidando del lugar. Mei se sintió fuera de lugar al principio, como una pieza que no encajaba en un rompecabezas.

—¿Qué debo hacer aquí? —preguntó al monje que la había recibido.

—Nada.

—¿Nada? Eso no tiene sentido.

—Entonces empieza por observar cómo luchas contra el vacío de hacer nada.

Mei no entendió, pero no insistió. Pasó el primer día ayudando en la cocina y limpiando los pasillos, tareas simples que no requerían palabras. Sin embargo, su mente no dejaba de girar: pensamientos sobre su vida en la ciudad, sobre los problemas que la habían traído hasta allí, sobre lo que debía hacer cuando regresara.

Esa noche, durante la meditación, el monje se acercó a ella.

—¿Qué ves cuando cierras los ojos? —le preguntó.

—Caos —respondió Mei—. Mis pensamientos no se detienen.

El monje asintió.

—Eso no es algo malo. Observa el caos sin resistirlo. Como las hojas en un río, déjalas fluir.


En los días siguientes, Mei comenzó a notar cosas que antes pasaban desapercibidas: el sonido del viento entre los árboles, el crujido de la grava bajo sus pies, el aroma del té al ser vertido en una taza. Aunque su mente seguía inquieta, había momentos breves en los que todo parecía detenerse.

Una tarde, mientras trabajaba en el jardín, se acercó al monje y le habló.

—Hoy, mientras regaba las plantas, sentí algo extraño. Era como si, por un momento, el mundo estuviera… bien.

—¿Qué pasó después? —preguntó el monje.

—El pensamiento se desvaneció. Y después volví a preocuparme.

El monje sonrió.

—Ese momento en que el mundo estaba bien no fue el resultado de tus pensamientos. Fue el espacio entre ellos.

—¿Y cómo puedo hacer que dure?

—No puedes. Pero si dejas de perseguirlo, regresará.


Una noche, después de semanas en el monasterio, Mei se sentó en la cima de la montaña, donde se podía ver un mar de nubes bajo la luna. El monje apareció detrás de ella, como si hubiera sentido que lo necesitaba.

—¿Por qué es tan difícil dejar ir? —preguntó Mei.

—Porque estás acostumbrada a agarrar.

—¿Qué estoy agarrando?

—Tu idea de quién eres, de cómo debería ser tu vida, de lo que significa el éxito o el fracaso.

Mei miró las nubes en silencio.

—¿Y si dejo de agarrar?

El monje se sentó a su lado.

—Entonces te das cuenta de que nunca hubo nada que soltar. Solo estabas sosteniendo aire.


Al día siguiente, durante la meditación, Mei sintió algo que nunca había sentido antes. No era una emoción, ni un pensamiento, ni siquiera una sensación física. Era un espacio, un vacío lleno de calma. Por un instante, todo su ser se disolvió en el momento, y no hubo nada más que el aquí y el ahora.

Cuando terminó la meditación, el monje se acercó a ella.

—¿Qué sentiste? —preguntó.

Mei lo miró con ojos llenos de lágrimas.

—Nada. Pero era un nada… perfecto.

El monje asintió.

—Eso es el refugio. No está en la montaña, ni en el monasterio. Está dentro de ti.


Cuando llegó el momento de partir, Mei se sintió ligera, como si el peso que había cargado durante tanto tiempo hubiera desaparecido. El monje la acompañó hasta el sendero que bajaba de la montaña.

—¿Volveré a sentirme perdida? —preguntó Mei.

—Tal vez. Pero ahora sabes cómo encontrarte.

Mei inclinó la cabeza en señal de respeto.

—Gracias.

El monje sonrió.

—No me agradezcas a mí. Agradece al silencio que te mostró el camino.

Mientras Mei descendía por el sendero, sintió que llevaba consigo algo más valioso que cualquier respuesta: la certeza de que no necesitaba respuestas. Porque el refugio siempre había estado dentro de ella.