El Reloj Detenido

El reloj llegó a Martín en una caja de madera vieja, envuelto en papel amarillento por el tiempo. Era un objeto extraño, un reloj de bolsillo grande, con un diseño intrincado en la tapa: una escena de estrellas y constelaciones grabada en plata. Lo encontró cuando revisaba las pertenencias de su abuelo después del funeral. Nadie más en la familia parecía interesado en las cosas viejas del anciano.

—Es tuyo ahora —había dicho su madre, con esa mezcla de nostalgia y cansancio que siempre acompañaba a los recuerdos de su padre.

Martín no pensó mucho en el reloj en ese momento. Parecía solo una antigüedad más, algo para guardar en un cajón y olvidar. Pero algo en él le intrigaba. Era pesado, más de lo que esperaba, y la tapa tenía un sistema de apertura que parecía bloquearse cada vez que intentaba abrirla.

Después de varios intentos, finalmente lo logró. Dentro, el reloj estaba detenido. Las manecillas marcaban las 12:00 exactas, y aunque giró la perilla varias veces, no se movió. Lo dejó sobre la mesa de la cocina, frustrado, pensando que no valía la pena repararlo.

Esa noche, sin embargo, algo cambió.

Martín estaba lavando los platos cuando lo sintió. Un escalofrío recorrió la habitación, como si el aire se hubiera vuelto más denso. Miró hacia el reloj, que todavía estaba sobre la mesa. La tapa estaba abierta. Juraría que la había cerrado.

Se acercó y lo tomó en la mano. Las manecillas seguían detenidas, pero algo en el reloj parecía diferente. Era como si el tiempo a su alrededor hubiera cambiado. El ruido del agua corriendo en el fregadero se había detenido. Miró por la ventana: las hojas de los árboles no se movían, ni siquiera con el viento.

Todo estaba en silencio. Absoluto.

—¿Qué demonios…? —murmuró, pero su voz se sintió como un eco en una cueva vacía.

Salió al pasillo. Su apartamento estaba igual, pero no podía ignorar la sensación de que el mundo entero había quedado en pausa. Abrió la puerta principal y miró al exterior. El tráfico en la calle estaba inmóvil. Un pájaro parecía suspendido en el aire, como si alguien hubiera detenido una película en medio de la reproducción.

Volvió al interior y miró el reloj. Las manecillas seguían fijas en las 12:00, pero ahora lo entendía. El reloj no estaba roto. Estaba funcionando, pero no como cualquier reloj normal.

De repente, un sonido rompió el silencio. Era como un eco, suave al principio, pero cada vez más fuerte. Venía de todas partes y de ninguna. Luego lo sintió: una voz, no en sus oídos, sino dentro de su cabeza.

—El tiempo no espera. Pero tú debes decidir.

Martín dejó caer el reloj, asustado. El objeto golpeó el suelo con un ruido seco, pero no se rompió. Se agachó para recogerlo, y en cuanto lo tocó, el mundo volvió a moverse. El sonido del agua corriendo regresó, las hojas de los árboles se agitaron, y el ruido del tráfico llenó el aire.

Martín se quedó sentado en el suelo, con el reloj en las manos, tratando de entender qué había pasado.

En los días siguientes, Martín no podía apartar la mirada del reloj. Intentó ignorarlo, pero no podía. Había algo en él que lo atraía, algo que lo inquietaba. Y entonces sucedió de nuevo.

Era de noche, y estaba discutiendo con su pareja, Laura. Habían tenido problemas durante meses, pero esta vez parecía más serio. Ella quería que él tomara una decisión: arreglar las cosas o terminar la relación.

—No puedes seguir así, Martín —dijo ella, con los ojos llenos de lágrimas—. O nos esforzamos juntos, o lo dejamos.

Martín no supo qué decir. Su mente estaba llena de excusas, de razones para evitar la conversación. Y entonces, el reloj, que estaba sobre la mesa del comedor, se abrió solo. Las manecillas brillaron, y el tiempo se detuvo.

Todo quedó en silencio otra vez. Laura estaba frente a él, pero inmóvil, como una estatua. Martín miró el reloj y lo entendió. El reloj lo estaba obligando a enfrentar el momento. No había escapatoria, no podía huir. Tenía que decidir.

Se sentó en el sofá, mirando a Laura. Pensó en todo lo que habían pasado juntos: las risas, los viajes, las noches tranquilas. También pensó en las peleas, en la distancia que había crecido entre ellos, en su propia incapacidad de comprometerse.

Respiró hondo. Sabía lo que tenía que hacer.

—Quiero intentarlo —dijo en voz alta, aunque sabía que Laura no podía escucharlo.

En cuanto dijo las palabras, el reloj brilló de nuevo, y el tiempo se reanudó.

Laura lo miró, sorprendida. Sus ojos buscaron los de Martín, esperando algo.

—Quiero intentarlo —repitió, esta vez con firmeza—. Lo haré mejor.

Por primera vez en meses, vio una chispa de esperanza en su rostro.

A partir de ese día, el reloj se convirtió en una presencia constante en la vida de Martín. No siempre se abría, pero cuando lo hacía, sabía que estaba enfrentando un momento crucial. Una noche, mientras conducía por una carretera desierta, sintió el clic del reloj en su bolsillo. Se detuvo en un cruce donde debía decidir entre tomar un trabajo que lo alejaría de su familia o quedarse y buscar otra oportunidad.

El tiempo se detuvo. Todo quedó en silencio.

Miró el reloj y luego al camino frente a él. Pensó en su madre, que estaba envejeciendo sola, y en cómo siempre prometía pasar más tiempo con ella. Pensó en lo que realmente quería en su vida, no lo que los demás esperaban de él.

Cuando el tiempo volvió a moverse, giró el volante y tomó el camino de regreso a casa.

Martín nunca supo de dónde venía el reloj ni por qué funcionaba de esa manera. Pero aprendió a no temerlo. El reloj no le daba respuestas, solo le quitaba el ruido del mundo, dejando solo sus pensamientos y sus decisiones.

Con el tiempo, dejó de necesitarlo. Sus decisiones ya no venían cargadas de dudas o miedo. Había aprendido a escucharse, a saber qué quería y qué era importante. Una mañana, se dio cuenta de que el reloj no se había abierto en meses. Lo guardó en la misma caja de madera donde lo encontró y lo colocó en un estante alto, con gratitud.

El reloj le había enseñado algo que no había entendido antes: el tiempo no se detiene, pero cuando aprendes a enfrentarlo, puedes moverte con él.