El sol apenas comenzaba a salir cuando Lucas llegó al río. Lo había buscado durante semanas, siguiendo mapas a medio dibujar y relatos de extraños en los pueblos. Algunos se reían cuando preguntaba. Otros, más serios, le decían que tuviera cuidado con lo que deseaba.
Pero Lucas había perdido demasiado. El río era su última esperanza.
Se detuvo en la orilla, mirando el agua que corría lentamente. No era un río grande, pero había algo en él que lo hacía parecer inmenso. El reflejo del cielo en su superficie le daba una profundidad extraña, como si fuera más que agua. Como si fuera un espejo de lo que llevaba dentro.
Respiró hondo y dio un paso hacia el agua. Estaba helada. Un escalofrío le recorrió el cuerpo, pero no se detuvo. Sabía que debía cruzarlo. Había oído historias de personas que entraban al río y salían cambiadas. Más ligeras. Más fuertes. Personas que habían dejado atrás algo que ya no podían cargar.
El agua le llegaba a las rodillas cuando sintió la primera punzada. No era física. Era algo dentro de su pecho. Un peso, un recuerdo. Cerró los ojos y lo vio. Era el día en que había perdido su trabajo, cuando su jefe lo miró con desprecio y le dijo que no era suficiente.
El agua lo envolvía, fría y silenciosa. Sentía que le hablaba, aunque no con palabras. Era más un murmullo, un eco que resonaba dentro de él. “Déjalo ir,” parecía decirle.
Lucas apretó los puños. Quería dejarlo ir. Quería olvidar el peso de ese día. Pero parte de él se aferraba a la rabia, al dolor. Era todo lo que había conocido durante tanto tiempo. Sin eso, ¿qué quedaba de él?
El río no lo apuraba. El agua seguía fluyendo, paciente. Lucas respiró hondo y, con un esfuerzo que sintió en todo su cuerpo, soltó el recuerdo. Lo vio flotar, como una hoja arrastrada por la corriente. Y por primera vez en años, sintió que podía respirar.
Siguió caminando. El agua ahora le llegaba a la cintura. Cada paso era más difícil, como si el río se volviera más denso cuanto más profundo entraba. Pero también sentía que cada paso lo aliviaba, como si dejara algo atrás con cada movimiento.
Una voz apareció en su mente, no era suya, pero tampoco era ajena. Era tranquila y fuerte, como el sonido del río. “¿Qué más llevas contigo, Lucas?”
Cerró los ojos y lo supo de inmediato. Era la noche en que su padre se fue. Tenía siete años. Había estado sentado en la ventana, esperando a que regresara, mientras su madre lloraba en la cocina. Ese peso nunca lo había abandonado. Era como un ancla, sujetándolo al fondo de un mar que nunca había querido cruzar.
El agua le llegó al pecho. Cada movimiento era una lucha, pero no se detuvo. Pensó en su padre, en el vacío que había dejado. Pensó en todas las veces que se había dicho a sí mismo que no importaba, que estaba bien. Pero no lo estaba. Nunca lo había estado.
El río no lo juzgaba. No le pedía que olvidara. Solo le pedía que soltara lo que ya no podía cambiar.
Lucas se inclinó hacia adelante, dejando que el agua lo cubriera por completo. Fue un momento breve, pero sintió como si hubiera estado bajo el agua durante horas. Cuando salió, jadeando, algo dentro de él había cambiado. No era más fuerte, ni más valiente. Pero era más ligero.
El agua ahora le llegaba al cuello. Estaba cerca de la otra orilla. Podía verla, cubierta de hierba verde y suave, iluminada por la luz del amanecer. Pero antes de llegar, sabía que quedaba una última cosa.
La voz volvió. “Esto es lo más difícil, Lucas. Lo que más temes.”
Cerró los ojos y la vio. Era su propia cara, reflejada en el agua. Era él, pero no el hombre que quería ser. Era la versión de sí mismo que había fallado, que había mentido, que había perdido oportunidades. Era el peso de su propia decepción.
Las lágrimas se mezclaron con el agua del río. Quería huir, salir corriendo y nunca volver. Pero no había manera de cruzar sin enfrentarlo.
El río no le ofrecía respuestas. Solo estaba ahí, esperando. Lucas lo sabía. No había manera de evitarlo. Respiró hondo y, con el agua hasta el cuello, lo dijo en voz alta.
“Me perdono.”
La corriente pareció cambiar. El agua ahora era más cálida, más suave. La orilla estaba a solo unos pasos. Lucas siguió adelante, hasta que el agua dejó de cubrirlo. Se sentó en la hierba, exhausto pero vivo.
Miró hacia atrás, al río que había cruzado. Seguía fluyendo, indiferente, como si nada hubiera pasado. Pero algo había cambiado. No en el río, sino en él.
El sol estaba alto ahora. El aire era más claro, el cielo más azul. Lucas sabía que el río siempre estaría ahí, para él y para otros. Pero no necesitaba volver.
Se levantó y comenzó a caminar. Sus pasos eran ligeros, como si el peso de los años hubiera quedado atrás, flotando en la corriente.