El Río Silencioso

El río se movía lento, casi inmóvil bajo la luz del amanecer. La niebla cubría la superficie como una manta, y el aire estaba lleno del sonido de los insectos y el canto lejano de los pájaros. Pedro revisó la caña de pescar y el motor de su bote una última vez antes de empujarlo al agua. No había prisa. Nunca la había en el río.

—¿Vas solo otra vez? —preguntó Miguel desde la orilla, con una red al hombro.

—Siempre voy solo —respondió Pedro, subiendo al bote.

Miguel asintió, acostumbrado a esa respuesta. Desde que la esposa de Pedro había muerto, hacía ya cinco años, el hombre había evitado la compañía de los demás. Solo el río parecía ser capaz de soportar su silencio.

—Dicen que el agua está baja esta temporada. No hay tanto que pescar.

—Siempre hay algo —respondió Pedro, sin mirarlo, y encendió el motor.

Miguel se quedó en la orilla, viendo cómo el bote se alejaba en la niebla. Sabía que Pedro no pescaba por necesidad. Pescaba porque el río era lo único que todavía le hablaba.


Pedro dejó que el motor trabajara hasta llegar a un recodo del río donde los sauces colgaban sus ramas sobre el agua. Apagó el motor y dejó que el bote flotara, mientras preparaba la caña. No había otra alma a la vista. Solo el río y el cielo, que comenzaba a despejarse.

El primer pez mordió rápido. Era pequeño, pero Pedro lo sacó con cuidado y lo devolvió al agua. No pescaba por el tamaño o la cantidad. Pescaba porque el acto de lanzar y recoger era lo único que le daba paz. Cada lanzamiento era un pensamiento que se iba, y cada captura, una parte de sí mismo que regresaba.

—Hoy no te veo tan generoso, río —murmuró para sí mismo, sonriendo un poco.

La corriente era suave, pero había algo diferente en el aire. Pedro lo notó casi de inmediato. El río no estaba como siempre. Era más silencioso, como si estuviera esperando algo.


Cerca del mediodía, Pedro escuchó un sonido detrás de él. Al girarse, vio otro bote acercándose lentamente. Era Miguel.

—Pensé que querías estar solo —dijo Miguel, remando con calma.

—Siempre quiero estar solo. ¿Qué haces aquí?

—No sé. Tal vez pienso que no deberías estarlo.

Pedro suspiró y volvió a concentrarse en la caña.

—El río no necesita dos hombres para hablar. Uno es suficiente.

Miguel sonrió y amarró su bote al de Pedro.

—Quizás. Pero me parece que el río hoy está callado. ¿No lo sientes?

Pedro lo miró. No quería admitirlo, pero era cierto. Algo en el río estaba distinto.

—¿Trajiste caña o solo viniste a hablar? —preguntó finalmente.

—Traje caña. Pero no prometo nada.


El día avanzó, y los dos hombres pescaron en silencio durante horas. Miguel intentaba iniciar una conversación de vez en cuando, pero Pedro respondía con monosílabos o no respondía en absoluto. Sin embargo, la presencia de Miguel no le resultaba incómoda. Era como una piedra en el río: estaba ahí, pero no interfería con el flujo.

—¿Recuerdas la primera vez que vinimos aquí? —preguntó Miguel al caer la tarde.

—Claro que lo recuerdo. Tú rompiste tu caña en la primera hora.

Miguel rió.

—Era mala suerte. No sabía lo que hacía.

—No era mala suerte. Era torpeza.

—Eso también.

Pedro sonrió, una sonrisa breve pero real. No lo admitió, pero le gustaba tener a Miguel allí. Hacía que el silencio del río fuera menos pesado.


Cuando el sol comenzó a bajar, los hombres encendieron una pequeña fogata en la orilla. Habían atrapado algunos peces, suficientes para una comida modesta. Miguel los limpió mientras Pedro preparaba un fuego con ramas secas.

—No está mal para un día lento —dijo Miguel, colocando los peces sobre la parrilla improvisada.

—El río siempre da lo que necesita dar —respondió Pedro, mirando las llamas.

—¿Y qué te ha dado a ti?

Pedro no respondió de inmediato. Se quedó mirando el fuego, pensando en todo lo que el río le había quitado y todo lo que le había dado. Después de un rato, dijo:

—Paz. Y recuerdos.

Miguel asintió. Sabía lo que Pedro quería decir. El río era tanto un refugio como un espejo. Te mostraba lo que querías ver, pero también lo que temías enfrentar.


Después de cenar, los hombres apagaron el fuego y se recostaron junto a la orilla. El cielo estaba lleno de estrellas, y el río reflejaba su luz como un espejo oscuro.

—¿Crees que el río tiene un final? —preguntó Miguel, rompiendo el silencio.

—Todos los ríos tienen un final. Pero no siempre es donde esperas.

—¿Hablas del mar?

—A veces el mar. A veces algo más.

Miguel miró a Pedro, tratando de descifrar sus palabras.

—No sé si hablas del río o de ti mismo.

—A veces yo tampoco lo sé.

Miguel no insistió. Sabía que Pedro no era un hombre de muchas palabras, pero las pocas que decía siempre tenían peso.


Esa noche, los hombres durmieron bajo las estrellas, con el sonido del río como fondo. Pedro se despertó temprano, antes del amanecer. Se sentó en el bote, mirando la corriente que se movía con la misma lentitud de siempre.

—Hoy es diferente —murmuró para sí mismo.

Cuando Miguel despertó, Pedro ya estaba preparando el bote para regresar.

—¿Tan temprano? —preguntó Miguel, bostezando.

—El río ya me dio lo que necesitaba.

Miguel asintió y comenzó a recoger sus cosas.


De regreso al pueblo, los dos hombres remaron en silencio. El río seguía su curso, tranquilo y constante, como siempre. Pero Pedro sabía que algo había cambiado. No en el río, sino en él.

Cuando llegaron a la orilla, Miguel se despidió con una palmada en el hombro.

—No está mal tener compañía de vez en cuando, ¿verdad?

Pedro asintió, pero no dijo nada. Sabía que Miguel tenía razón. El río era su refugio, pero a veces, incluso en el silencio, necesitaba que alguien estuviera allí.

Mientras guardaba sus cosas, Pedro miró el río por última vez antes de volver a casa. No sabía si volvería al día siguiente o en una semana, pero sabía que el río siempre estaría allí, esperando.

Y eso era suficiente.