El Silencio de las Olas

La playa estaba desierta al amanecer, salvo por el sonido constante de las olas rompiendo contra la orilla. Martín caminaba descalzo por la arena húmeda, con las manos en los bolsillos y el rostro mirando hacia el horizonte. Había llegado allí sin un propósito claro, solo con la necesidad de escapar de algo que no podía nombrar. Llevaba semanas sintiéndose atrapado en su propia mente, como si cada pensamiento lo empujara más lejos de lo que realmente quería.

—¿Buscas algo? —dijo una voz detrás de él.

Martín se giró y vio a una mujer mayor sentada en una roca cercana. Llevaba un chal gris que se movía con la brisa, y sus ojos eran tranquilos, como el mar en un día sin viento.

—No estoy seguro —respondió Martín.

—Entonces ya estás más cerca de encontrarlo —dijo ella con una leve sonrisa.

Martín frunció el ceño y se acercó.

—¿Qué quieres decir?

—Que no saber es el primer paso para ver lo que realmente está ahí.


La mujer se presentó como Clara. Dijo que vivía cerca, en una cabaña escondida entre los árboles que bordeaban la playa. Había llegado allí hacía años, buscando algo parecido a lo que Martín ahora buscaba.

—¿Qué encontraste? —preguntó Martín mientras se sentaba en la arena junto a ella.

—A mí misma. O lo que pensaba que era yo. Luego me di cuenta de que no había nada que encontrar.

Martín la miró, confundido.

—Eso no tiene sentido.

—¿De verdad? Tal vez lo único que no tiene sentido es buscar fuera lo que siempre ha estado dentro.

Martín no respondió. Miró hacia el mar, tratando de comprender lo que Clara quería decir.


Pasaron el día caminando por la playa y hablando. O, más bien, Clara hablaba, y Martín escuchaba. Le contó sobre su vida antes de llegar allí, sobre los años que pasó buscando respuestas en libros, maestros y viajes. Todo había cambiado cuando se dio cuenta de que el problema no era el mundo, sino cómo ella lo veía.

—Siempre estaba tratando de arreglar algo —dijo Clara mientras recogía una piedra lisa y la lanzaba al agua—. Mi trabajo, mis relaciones, mi futuro. Todo parecía roto. Pero nunca pensé en dejar de intentar.

—¿Y qué pasó cuando dejaste de intentarlo? —preguntó Martín.

—Nada. Y en ese nada, encontré todo.

Martín negó con la cabeza.

—Eso suena demasiado simple.

—Porque lo es. Pero la simplicidad asusta a la mente. No sabe qué hacer con ella.


Esa noche, Clara invitó a Martín a su cabaña. Era un lugar pequeño, con muebles de madera y una chimenea encendida que llenaba el espacio con un calor agradable. Se sentaron frente al fuego, con tazas de té caliente en las manos.

—¿Por qué estás aquí? —preguntó Clara finalmente.

Martín suspiró.

—No lo sé. Solo sentía que necesitaba alejarme. Mi trabajo, mi familia, todo me parecía… vacío.

Clara lo miró con una expresión tranquila.

—No es el mundo el que está vacío. Es la forma en que lo estás viendo.

Martín la miró.

—¿Cómo cambio eso?

—No lo cambias. Dejas de tratar de cambiarlo. Solo lo observas.

—¿Y eso es todo?

—Eso es todo. Pero no es fácil.


Martín pasó los días siguientes en la playa, solo. Clara no lo acompañaba, pero su presencia parecía estar en todas partes. Martín se sentaba en la arena, mirando las olas, escuchando el sonido del agua y dejando que sus pensamientos fluyeran sin tratar de detenerlos. Al principio, se sentía inquieto, como si necesitara hacer algo, resolver algo. Pero poco a poco, esa sensación comenzó a desvanecerse.

Un día, mientras caminaba por la orilla, se dio cuenta de que algo había cambiado. No sabía exactamente qué, pero el mundo parecía más claro, más vivo. Las olas no eran solo olas; eran un ritmo constante, como una respiración. La arena bajo sus pies no era solo tierra; era algo que lo conectaba con todo lo que lo rodeaba.

Clara apareció a su lado sin que él la notara.

—Lo ves, ¿verdad? —dijo ella.

Martín asintió.

—No sé cómo describirlo.

—No necesitas hacerlo. Las palabras son útiles, pero a veces son un obstáculo.

Martín miró hacia el mar.

—¿Esto siempre ha estado aquí?

—Siempre. Solo estabas demasiado ocupado buscando en otro lugar.


Cuando llegó el momento de irse, Martín se sentía diferente. No podía explicar qué había cambiado, pero sabía que ya no era el mismo hombre que había llegado a esa playa. Clara lo acompañó hasta el borde del camino que conducía al pueblo más cercano.

—¿Volverás? —preguntó ella.

—Tal vez.

—No importa. Porque lo que has encontrado aquí, lo llevas contigo.

Martín asintió y sonrió.

—Gracias.

Clara lo miró con una sonrisa tranquila.

—No me agradezcas. Solo sigue mirando.

Mientras Martín caminaba por el sendero, el sonido de las olas se desvaneció lentamente, pero su efecto permaneció. Por primera vez en mucho tiempo, no sentía la necesidad de buscar respuestas. Porque ya no había preguntas.