Era difícil precisar cuándo comenzaron los sueños. Para Laura, parecían haber estado siempre allí, como una melodía que escuchas sin darte cuenta, hasta que un día la notas y no puedes ignorarla. Todo empezó como destellos en la noche: fragmentos de lugares conocidos y desconocidos, rostros que eran suyos y, a la vez, no lo eran. Al principio pensó que eran producto del estrés, pero pronto se dio cuenta de que los sueños no solo la visitaban; la reclamaban.
Una noche, después de un día rutinario en la oficina, cayó rendida en su cama. Había pasado horas frente a la pantalla, redactando informes que parecían carecer de propósito. La monotonía había envuelto su vida como una bruma, sofocando cualquier atisbo de pasión. Fue en esa noche, justo antes del amanecer, cuando tuvo el primer sueño.
Estaba en una biblioteca inmensa, con estanterías que se alzaban hasta perderse de vista. Las paredes eran de un mármol blanco que reflejaba la luz cálida de unas lámparas invisibles. Laura caminaba lentamente, arrastrando los dedos por los lomos de libros antiguos, hasta que vio a una niña sentada en el suelo, con un vestido azul y el cabello sujeto en dos trenzas.
La reconoció al instante. Era ella misma, con ocho años, perdida en un mundo de imaginación que solía ser su refugio. La niña levantó la vista y sonrió, mostrando los dientes desparejos que Laura recordaba tan bien.
—¿Por qué dejaste de escribir? —preguntó la niña, como si el tiempo y la distancia no fueran un obstáculo.
Laura se quedó inmóvil. La pregunta era sencilla, pero golpeaba como una tormenta. Había amado escribir. Cuando era niña, llenaba cuadernos con historias que solo ella entendía, creyendo que algún día esas historias cambiarían el mundo. Pero con el tiempo, esa pasión había sido reemplazada por responsabilidades, estudios y, eventualmente, un trabajo que pagaba las cuentas pero robaba su alma.
—No tenía tiempo —respondió, casi en un susurro.
La niña inclinó la cabeza, como si no pudiera comprender esa respuesta.
—El tiempo no desapareció. Tú lo regalaste.
Laura intentó replicar, pero antes de que pudiera decir algo más, despertó. El sol entraba tímidamente por las persianas, y su pecho estaba pesado con un sentimiento que no podía explicar. No era tristeza exactamente. Era algo más profundo, más inquietante: la sensación de haberse traicionado a sí misma.
Los sueños se volvieron más frecuentes. Cada noche, Laura visitaba un lugar diferente, pero siempre se encontraba con una versión de sí misma. Una noche caminó por un parque bajo una lluvia ligera y encontró a la Laura de veinte años. Llevaba una chaqueta de cuero que había amado, y sus ojos brillaban con la audacia que había tenido en esos días.
—¿Qué pasó con tus planes? —preguntó la joven, sin rastro de juicio, pero con una curiosidad que Laura encontraba insoportable.
Laura no supo qué responder. Había tenido tantos planes, tantos sueños. Viajar, aprender francés, abrir un café donde la gente pudiera compartir ideas. Pero la vida se había interpuesto. O al menos, eso era lo que siempre se decía.
—No todo sale como uno espera —dijo finalmente.
La joven soltó una carcajada, no de burla, sino de incredulidad.
—¿Y eso qué? Los planes no tienen que cumplirse. Solo tienes que intentarlo.
Laura despertó con la sensación de que la joven tenía razón. Había dejado de intentar, y eso era peor que fracasar.
Las noches se volvieron un mosaico de encuentros. Cada sueño la llevaba más profundamente a su propia mente. Una vez, se encontró con la Laura del futuro, una mujer mayor con cabello blanco y ojos cansados. Estaban sentadas en un banco frente a un lago, el agua tranquila reflejando un cielo sin nubes.
—¿Lo lograste? —preguntó Laura, con una mezcla de esperanza y temor.
La mujer mayor sonrió, pero su sonrisa no era completa. Había una sombra en sus labios, una carga en sus palabras.
—Lo logré… a medias. Pero no porque no pudiera. Fue porque no lo intenté lo suficiente.
Laura quiso saber más, pero la mujer no explicó. Solo la miró con una ternura que la hizo sentir vulnerable, como si estuviera viendo algo que Laura aún no entendía.
—El tiempo no espera, pero tú sí puedes decidir cómo caminar con él.
Despertó esa noche con un nudo en la garganta, sintiendo que el reloj de su vida se movía demasiado rápido.
El punto de inflexión llegó una noche en la que el sueño no parecía un sueño. Laura estaba en su apartamento, exactamente como lo había dejado al acostarse. Todo era igual, excepto por la presencia de una figura que estaba sentada en su sofá.
Era otra versión de sí misma, pero no una que reconociera. Esta Laura era una combinación de todas las demás: la niña con el vestido azul, la joven de veinte años, la anciana junto al lago. Su rostro cambiaba con cada parpadeo, como si el tiempo estuviera en constante flujo dentro de ella.
—¿Por qué sigues huyendo? —preguntó, sin preámbulos.
Laura quiso decir que no estaba huyendo, pero sabía que sería una mentira.
—No sé cómo detenerme —admitió.
La figura asintió lentamente, como si esa fuera la respuesta que esperaba.
—No tienes que detenerte. Solo tienes que mirar dónde estás.
La habitación cambió. Ahora estaba llena de libros, fotos, dibujos y notas. Laura reconoció todo. Eran las piezas de su vida que había abandonado. Sus viejos manuscritos, las ideas que había anotado en servilletas, los dibujos que hacía cuando soñaba con diseñar su propio café. Todo estaba ahí, esperándola.
—¿Y si fracaso? —preguntó, sintiendo que la pregunta quemaba en su garganta.
La figura sonrió por primera vez, una sonrisa que era tanto suya como de alguien más.
—El fracaso no es el fin. Es solo parte del viaje.
Cuando despertó, el sol estaba saliendo. Pero esta vez, no sintió el peso de la rutina. Sentía algo diferente, algo que no había sentido en años: una chispa de propósito.
Laura empezó a cambiar. No fue inmediato ni fácil. Los días aún estaban llenos de obligaciones, y las noches no siempre traían claridad. Pero empezó a escribir de nuevo. Comenzó a salir más, a tomar pequeños riesgos, como apuntarse a una clase de francés o llevar un cuaderno de bocetos al parque.
No sabía si alcanzaría todos sus sueños, pero por primera vez en mucho tiempo, estaba intentándolo. Y eso, descubrió, era suficiente.
Los sueños no desaparecieron del todo. Pero ya no eran un espejo de lo que había perdido. Ahora eran una guía, un recordatorio de que su potencial no estaba en algún lugar lejano. Siempre había estado allí, esperando que ella lo reclamara.
Y finalmente, lo hizo.