El Tren de las Sombras

El tren llegó a la estación en medio de la noche, cubierto por una ligera neblina que se movía entre los rieles como un espectro. Samuel estaba sentado en el banco de madera, con la mochila a sus pies y el abrigo viejo que apenas lo protegía del frío. La locomotora se detuvo con un chirrido largo, y los vagones parecieron exhalar, como si estuvieran vivos.

—¿Vas a tomarlo? —preguntó un hombre mayor, que se acercó desde las sombras de la estación.

—Eso depende —respondió Samuel, mirando al tren como si esperara que le respondiera.

—¿De qué?

—De dónde va.

El hombre se encogió de hombros.

—Los trenes no preguntan adónde vas. Solo te llevan.

Samuel recogió su mochila y subió al vagón más cercano sin responder. El hombre lo siguió con la mirada, pero no dijo nada más.


El interior del vagón era más cálido de lo que Samuel esperaba. Había pocos pasajeros: una mujer mayor que tejía en silencio, un hombre de traje que dormía con un periódico en las manos, y un niño que miraba por la ventana con ojos curiosos. Samuel eligió un asiento junto a la ventana, aunque la oscuridad del exterior no ofrecía vistas.

El tren comenzó a moverse, y con él, un leve temblor recorrió el vagón. Samuel miró a su alrededor. Nadie parecía interesado en hablar. Eso le convenía.

Un hombre de mediana edad, con un sombrero de ala ancha, se sentó frente a él después de unos minutos. Llevaba un maletín y una bufanda gris que colgaba como si estuviera a punto de deshacerse.

—¿Primera vez en este tren? —preguntó el hombre, rompiendo el silencio.

—Sí.

—No parece muy seguro de ello.

Samuel lo miró por un momento antes de responder.

—No estoy seguro de muchas cosas últimamente.

El hombre sonrió ligeramente y se acomodó en el asiento.

—Entonces estás en el tren correcto.


El tren avanzaba lentamente, y el paisaje seguía siendo una negrura impenetrable. Samuel intentó concentrarse en los sonidos: el traqueteo de las ruedas, el leve murmullo de los pasajeros, el silbido del viento contra las ventanas. Pero algo en el aire lo inquietaba. Era como si el tren estuviera cargando algo más que personas.

—¿Hacia dónde vas? —preguntó el hombre frente a él.

—No lo sé —respondió Samuel.

—Nadie lo sabe. Esa es la idea.

—¿La idea?

El hombre asintió.

—Este tren no te lleva a un lugar. Te lleva a una decisión.

Samuel frunció el ceño.

—¿Qué clase de decisión?

—Eso depende de ti.

La respuesta no lo satisfizo, pero tampoco insistió. Había algo en el tono del hombre que lo hacía pensar que no obtendría más.


Cuando el tren llegó a la primera estación, nadie bajó. Tampoco subió nadie. El tren se detuvo unos minutos, lo suficiente para que el aire frío se colara en el vagón, y luego continuó. Samuel miró por la ventana, tratando de distinguir algo en la oscuridad. No había luces, ni edificios. Solo una sombra impenetrable.

—¿Siempre es así? —preguntó Samuel, dirigiéndose al hombre.

—¿Así cómo?

—Tan vacío.

El hombre se inclinó hacia adelante, como si fuera a compartir un secreto.

—El tren refleja lo que llevas dentro. Si está vacío, es porque tú lo estás.

Samuel no respondió. La idea le pareció absurda, pero también tenía algo de verdad que no quería admitir.


La noche avanzaba, y Samuel comenzó a notar pequeños detalles que no había percibido antes. Las luces del vagón parpadeaban de vez en cuando, y los pasajeros parecían moverse más lento de lo normal, como si estuvieran atrapados en una especie de sueño. Incluso el hombre frente a él, que al principio parecía seguro y firme, ahora parecía más frágil.

—¿Por qué estás aquí? —preguntó Samuel de repente.

El hombre lo miró, sorprendido por la pregunta.

—Por la misma razón que tú. Estoy buscando algo.

—¿Y lo encontraste?

El hombre sonrió, pero no había alegría en su sonrisa.

—No lo sé. Tal vez nunca lo haga.


El tren se detuvo nuevamente, pero esta vez la puerta del vagón se abrió, y una figura entró. Era un hombre alto, con un abrigo largo y un sombrero que le cubría el rostro. Caminó lentamente por el pasillo, mirando a cada pasajero, pero sin decir una palabra. Cuando pasó junto a Samuel, este sintió un escalofrío que le recorrió la columna.

—¿Quién es? —susurró Samuel al hombre frente a él.

—El guardián.

—¿El guardián de qué?

—De las decisiones.

Samuel no entendía, pero no preguntó más. Había algo en la presencia de aquel hombre que lo hacía sentir que cualquier pregunta sería inútil.


La figura se detuvo al final del vagón y se quedó allí, inmóvil, como si estuviera vigilando. Los pasajeros parecían ignorarlo, pero Samuel no podía apartar la vista. Había algo inquietante en la forma en que estaba parado, como si perteneciera a un lugar diferente.

—¿Qué hace? —preguntó Samuel.

—Espera.

—¿A qué?

El hombre frente a él se encogió de hombros.

—A que tú decidas.

Samuel sintió un nudo en el estómago. No sabía qué se suponía que debía decidir, pero el peso de la expectativa comenzaba a aplastarlo.


El tren continuó avanzando, y Samuel sintió que algo dentro de él cambiaba. Las preguntas que había estado evitando comenzaron a surgir: ¿por qué estaba en ese tren? ¿Qué buscaba realmente? ¿Y qué significaba la presencia de ese guardián al final del vagón?

Finalmente, no pudo soportarlo más. Se levantó y caminó hacia el guardián. Cada paso se sentía más pesado que el anterior, como si el aire mismo lo empujara hacia atrás.

Cuando llegó frente a él, el guardián levantó la cabeza, y sus ojos, oscuros e insondables, se encontraron con los de Samuel.

—¿Qué quieres? —preguntó Samuel, con la voz apenas un susurro.

El guardián no respondió. En cambio, extendió una mano y señaló hacia el final del vagón, donde una puerta se abría hacia la oscuridad.

Samuel miró la puerta y luego al guardián.

—¿Qué hay allí?

El guardián no respondió. Pero Samuel sabía que no necesitaba una respuesta. Lo que había allí no era algo que pudiera explicarse. Era algo que debía enfrentarse.


Cuando Samuel cruzó la puerta, el tren desapareció. Estaba de pie en un paisaje desconocido, bajo un cielo lleno de estrellas que nunca había visto antes. El aire era frío, pero no incómodo. Y por primera vez en mucho tiempo, sintió que podía respirar.

No sabía dónde estaba, ni qué significaba todo lo que había ocurrido. Pero eso ya no importaba. Porque finalmente, había encontrado lo que buscaba: una dirección, un camino.

Y eso era suficiente.