El Tren de los Caminos Cruzados

El reloj marcaba las siete de la tarde en la estación central. Las luces fluorescentes proyectaban sombras alargadas sobre los rostros cansados de los pasajeros. Clara estaba sentada en un banco de madera, con una maleta pequeña a su lado y un boleto en las manos. No sabía si debía subir al tren que saldría en quince minutos. Era un tren hacia el norte, hacia un futuro que había imaginado, pero que ahora parecía una decisión demasiado grande.

El otro tren, el que partía hacia el sur, la llevaría de vuelta a su pueblo, donde su madre la esperaba con los brazos abiertos y la promesa de una vida más simple. Dos destinos, dos posibles versiones de su vida.

A su alrededor, las voces se mezclaban con el anuncio de los altavoces. Cada persona parecía tener un propósito claro, un destino decidido. Clara, en cambio, sentía que su mundo estaba suspendido en el aire.


—¿Esperas a alguien? —dijo una voz masculina, sacándola de su ensimismamiento.

Clara levantó la mirada y vio a un hombre joven, probablemente de su misma edad, con una mochila en el hombro. Vestía de forma sencilla, pero sus ojos eran curiosos y amigables.

—No, solo estoy… pensando —respondió Clara, intentando no sonar evasiva.

—¿Pensando en si subir o no? —preguntó él, con una sonrisa que no era burlona, sino comprensiva.

Clara asintió, sorprendida de lo rápido que había leído la situación.
—¿Cómo lo sabes?

El joven se sentó a una distancia respetuosa y señaló su propio boleto.
—Porque yo estaba igual hace unos meses. A veces, elegir hacia dónde ir es más difícil que el viaje en sí.

—¿Y qué hiciste?

Él se encogió de hombros.
—Elegí lo que más miedo me daba.

Esa respuesta dejó a Clara pensando. ¿Y si hacer lo que más temía era la clave para avanzar? Antes de que pudiera preguntar más, el joven se levantó.

—Buena suerte con tu decisión —dijo, antes de perderse entre la multitud que caminaba hacia otro andén.


Clara miró su boleto. No tenía un asiento asignado, solo un número y un destino: el norte. Era un trabajo en una empresa grande, una oportunidad que había perseguido durante años. Pero el peso de la responsabilidad la asfixiaba. No sabía si estaba lista para dejar todo atrás: su familia, sus amigos, la vida que conocía.

Mientras pensaba, una mujer mayor se sentó a su lado. Vestía un abrigo gris y sostenía un bolso pequeño sobre sus piernas. Tenía una expresión amable, pero cansada.

—¿Vas lejos, querida? —preguntó, rompiendo el silencio.

Clara vaciló antes de responder.
—No estoy segura.

La mujer asintió lentamente, como si entendiera más de lo que Clara decía.
—Cuando era joven, tomé un tren hacia una ciudad que no conocía. Dejé todo atrás. Mi casa, mi familia, incluso a alguien que amaba.

Clara la miró con curiosidad.
—¿Y te arrepentiste?

La mujer sonrió con tristeza.
—No. Pero aprendí que cada decisión trae consigo un sacrificio. Lo importante es decidir qué estás dispuesta a dejar ir para seguir adelante.

Esas palabras resonaron en Clara. Siempre había pensado que elegir significaba ganar algo, pero nunca había considerado lo que podría perder.

Un tren llegó al andén cercano, y la mujer se levantó lentamente. Antes de irse, le dio una palmada ligera en la mano.
—El tren no esperará por siempre, querida. Y la vida, tampoco.


La estación estaba cada vez más vacía. Clara miraba el reloj, consciente de que el tiempo se agotaba. Su tren partiría en menos de cinco minutos. El altavoz anunció su salida inminente, y Clara sintió que su corazón latía con fuerza.

En ese momento, un niño pequeño pasó corriendo frente a ella, persiguiendo una pelota que había escapado de sus manos. Su madre lo seguía de cerca, llamándolo con desesperación.

—¡Tomás, vuelve aquí!

El niño alcanzó la pelota y levantó la mirada hacia Clara, sonriendo. Ella le devolvió la sonrisa, y algo en esa interacción le recordó los días en que su vida era más simple, más ligera.

La madre llegó y tomó al niño de la mano. Antes de irse, le dio las gracias a Clara con una mirada fugaz. Clara se quedó mirando cómo se alejaban, sintiendo una punzada de nostalgia. Pensó en su madre, esperándola en el pueblo, y en la seguridad que eso le ofrecía. Pero también pensó en el joven de la mochila y en la mujer mayor. Ambos habían tomado decisiones difíciles, enfrentando el miedo y el sacrificio.


Cuando el reloj marcó la hora exacta, Clara se levantó de golpe. Su maleta chocó contra el banco al hacerlo, como si su cuerpo estuviera respondiendo a un impulso que su mente aún no entendía del todo. Caminó hacia el andén donde estaba el tren al norte. Las puertas seguían abiertas, como si el destino le estuviera dando una última oportunidad.

Clara subió al tren con pasos rápidos, casi temiendo que el tiempo se agotara. Encontró un asiento junto a la ventana y dejó caer su maleta a un lado. Su respiración era agitada, pero sentía una mezcla de alivio y adrenalina.

El tren comenzó a moverse, y Clara vio cómo la estación desaparecía lentamente. Las luces, las voces, los andenes se convertían en un recuerdo lejano. Miró su boleto una vez más, como si necesitara recordarse a sí misma que había tomado una decisión.

No sabía qué le esperaba en el norte. Quizá un éxito rotundo, quizá desafíos más grandes de lo que podía imaginar. Pero en ese momento, entendió algo importante: lo que importaba no era solo a dónde iba, sino el hecho de que había elegido avanzar.

El tren seguía su camino, y con cada kilómetro que dejaba atrás, Clara sentía que algo nuevo crecía en su interior. Una certeza que antes no tenía. Había salido de su zona de confort, y eso, por sí solo, era un triunfo.