El andén estaba vacío. Era extraño, considerando la hora. Andrés miró el reloj en su muñeca: 11:58 de la noche. El tren debía llegar en dos minutos, según el boleto que había encontrado en su buzón aquella mañana. No tenía remitente, solo su nombre escrito con una caligrafía que no reconocía y una dirección de partida que nunca había visitado.
El aire era frío, y la estación estaba bañada en una luz amarillenta que parpadeaba con cada ráfaga de viento. Andrés se ajustó el abrigo y miró hacia las vías. Había algo inquietante en el silencio, como si todo el mundo hubiese contenido la respiración.
A las 12 en punto, el tren llegó. Era un modelo antiguo, con vagones de madera y una locomotora que exhalaba vapor como un animal cansado. La puerta del primer vagón se abrió, y un hombre de uniforme oscuro asomó la cabeza.
—¿Subes o no? —preguntó con voz áspera, como si hubiera repetido esas palabras miles de veces.
Andrés dudó. No sabía a dónde iba el tren ni por qué tenía un boleto. Pero algo en su interior, una voz baja y persistente, le dijo que debía subir. Así que lo hizo.
El vagón estaba vacío, excepto por un asiento al fondo, junto a una ventana cubierta de escarcha. Andrés se sentó, apretando el boleto en su mano como si fuera un salvavidas. El tren arrancó con un chirrido metálico y comenzó a avanzar por las vías.
El paisaje afuera era oscuro, pero no completamente. A medida que el tren se movía, comenzaron a aparecer imágenes. Al principio, pensó que eran reflejos en el vidrio, pero no. Eran demasiado claras, demasiado reales.
Vio a un niño en un parque, corriendo detrás de un avión de papel. Reconoció la escena de inmediato: era él, con siete años, el día en que su padre le enseñó a volar esos aviones. Recordó el olor del césped mojado, la risa de su padre, y el dolor que sintió años después, cuando ese hombre dejó de estar ahí.
El tren siguió avanzando, y las imágenes cambiaron. Ahora estaba en la escuela secundaria, sentado en un aula con pupitres viejos. Frente a él, una chica de cabello castaño le pasaba una nota doblada en cuatro. Su primer amor. Había olvidado su nombre, pero no la sensación de su corazón acelerado cuando leyó el mensaje: “¿Te gustaría salir conmigo?” También recordó cómo, semanas después, ella se mudó a otra ciudad y nunca más volvieron a hablar.
Andrés cerró los ojos y apoyó la frente contra el vidrio. Esto era demasiado. No había venido para revivir su vida. Había venido para… Bueno, ni siquiera sabía por qué estaba allí. Pero el tren no se detenía.
Las imágenes continuaron. Su primer trabajo, con un jefe que nunca parecía satisfecho. La noche en que su madre le llamó, llorando, para decirle que su abuela había fallecido. El día en que, después de meses de ahorrar, finalmente compró su propio coche, solo para estrellarlo semanas después.
Cada escena lo golpeaba como una ola, llevándose algo de él con cada una. Pero también le dejaban algo. Un recuerdo olvidado, una sensación perdida. Dolor, sí, pero también una extraña calidez. Había partes de su vida que había enterrado, y ahora salían a la superficie.
De repente, el tren comenzó a reducir la velocidad. Andrés abrió los ojos y miró por la ventana. Había llegado a una estación. Era igual a la de donde había partido, pero con una diferencia: había gente.
Hombres, mujeres, niños. Todos estaban allí, pero no eran extraños. Reconoció a su madre, mucho más joven, sentada en un banco con una sonrisa tranquila. Vio a su padre, de pie, sosteniendo un libro que siempre llevaba consigo. Su abuela estaba cerca, con un delantal lleno de harina, como si acabara de salir de la cocina. Y también estaba ella, la chica de la nota, mirándolo con la misma timidez de aquellos días.
Andrés sintió que algo se rompía dentro de él. Quería salir, abrazarlos, decirles todas las cosas que nunca había dicho. Pero sabía que no podía. Ellos no estaban realmente allí. Eran recuerdos, fantasmas del pasado.
La puerta del vagón se abrió, y el mismo hombre del uniforme apareció.
—¿Quieres bajar? —preguntó.
Andrés miró la escena afuera. La tentación era inmensa. Podría quedarse allí, rodeado de todo lo que había perdido, de todo lo que había sido. Pero algo dentro de él sabía que no era el lugar al que pertenecía.
—No —respondió, con un nudo en la garganta—. Quiero seguir adelante.
El hombre asintió, sin sorpresa, y cerró la puerta. El tren comenzó a moverse de nuevo, dejando atrás la estación y a las figuras en ella.
A medida que avanzaba, las imágenes en la ventana comenzaron a desvanecerse. Ahora solo veía el paisaje oscuro, las luces distantes de pueblos desconocidos. Y por primera vez, sintió paz. No porque hubiera olvidado, sino porque había recordado.
El tren finalmente se detuvo en una estación diferente. No había nadie esperándolo, pero eso estaba bien. Andrés bajó y respiró el aire fresco de la madrugada. Había algo nuevo en él, algo que no había sentido en años: ligereza. Había dejado atrás el peso del pasado, no porque lo hubiera abandonado, sino porque lo había aceptado.
Comenzó a caminar por el andén, sin mirar atrás. El tren se fue, llevándose con él las sombras de su vida. Y Andrés, por primera vez, se sintió listo para lo que viniera.