La Biblioteca Infinita

El edificio no aparecía en los mapas, ni en las guías turísticas. Era una estructura antigua, oculta al final de un callejón estrecho en el corazón de la ciudad. Las paredes de piedra gris estaban cubiertas de musgo, y la puerta de madera tenía grabada una inscripción en un idioma que Clara no reconocía.

Ella no había planeado entrar. Había salido a caminar después de otro día agotador en la oficina, buscando algo, cualquier cosa que rompiera la monotonía. Pero al pasar junto al edificio, sintió algo. Era como si la puerta la llamara.

Dudó, mirando alrededor para asegurarse de que nadie más la veía, y empujó la puerta.

El interior era inmenso, mucho más grande de lo que parecía desde afuera. Estanterías de madera oscura se extendían hacia el techo, llenas de libros de todos los tamaños y colores. Una luz cálida provenía de candelabros flotantes, y el aire olía a papel viejo y cuero.

—Bienvenida —dijo una voz tranquila.

Clara se giró y vio a un hombre mayor, con el cabello blanco y una túnica gris, que estaba de pie junto a un escritorio. Sus ojos eran cálidos, pero su mirada era profunda, como si pudiera ver más allá de la superficie.

—¿Qué es este lugar? —preguntó ella, con una mezcla de curiosidad y desconfianza.

—Es la Biblioteca Infinita —respondió el hombre, con una leve sonrisa—. Aquí encontrarás libros que no existen en ningún otro lugar.

Clara frunció el ceño.

—¿Qué tipo de libros?

El hombre extendió una mano hacia las estanterías.

—Libros sobre ti. Tu pasado, tu presente y, si tienes el valor, tu futuro.

Clara no supo qué decir. Caminó hacia una de las estanterías y tomó un libro al azar. La portada no tenía título, solo su nombre grabado en letras doradas. Lo abrió, y en la primera página, reconoció una escena: ella, de niña, sentada en el regazo de su padre, escuchando una historia antes de dormir.

Siguió leyendo. Cada página contenía un recuerdo: su primera bicicleta, la noche en que su madre la consoló después de que la rechazaran en un concurso escolar, la vez que mintió para evitar una pelea con una amiga. Todo estaba ahí, detallado con una claridad que la abrumaba.

—¿Cómo es posible? —murmuró.

El hombre la observaba desde el escritorio, sin responder.

Clara siguió explorando. Tomó otro libro, más pequeño, y lo abrió. Esta vez, las páginas mostraban momentos recientes: ella en su oficina, sola en su apartamento, el café donde desayunaba todos los días. Se dio cuenta de algo. Su vida había sido repetitiva, monótona. Página tras página, los mismos lugares, las mismas caras, los mismos pensamientos.

—Esto es todo lo que soy —susurró, sintiendo un nudo en el pecho.

El hombre se acercó.

—No tiene que serlo —dijo, señalando otra estantería.

Clara miró hacia donde él indicaba. Había libros que parecían más nuevos, con las páginas aún por escribir.

—¿Qué son esos? —preguntó.

—Tu futuro —respondió el hombre—. Cada decisión que tomes, cada acción, llenará esas páginas. Pero hay algo que debes saber: cada vez que lees un libro de esa estantería, cambias algo en tu presente.

Clara se sintió atraída por los libros, pero también temía lo que podría encontrar. Se acercó lentamente y tomó uno. Al abrirlo, la primera página describía algo que no reconocía: ella, en una ciudad diferente, rodeada de gente desconocida, sonriente. Pasó las páginas y vio un nuevo trabajo, nuevas amistades, una relación que nunca había imaginado.

—¿Es esto real? —preguntó, con la voz temblorosa.

El hombre asintió.

—Es una posibilidad. Pero si decides leerlo completo, debes vivir con lo que cambie en tu vida actual.

Clara se sentó en el suelo, con el libro en las manos. Pensó en todo lo que había dejado atrás, las oportunidades que había rechazado, los sueños que había abandonado. Quería algo nuevo, algo diferente. Pero la idea de perder lo que conocía la paralizaba.

—No tienes que decidir ahora —dijo el hombre, con suavidad—. La Biblioteca estará aquí cuando estés lista.

Clara cerró el libro y lo devolvió a la estantería. Sabía que no podía ignorarlo, pero tampoco estaba lista para enfrentarlo. Caminó hacia la puerta, pero antes de salir, miró al hombre.

—¿Por qué está aquí esta Biblioteca? —preguntó.

—Para recordarte que siempre tienes una elección —respondió él.

Clara salió al callejón, y cuando se giró, el edificio ya no estaba.

Durante días, no podía pensar en otra cosa. Sentía que la Biblioteca la seguía, que cada decisión que tomaba estaba ahora bajo su escrutinio. Finalmente, una noche, tomó su bolso y salió. Encontró el callejón, y ahí estaba el edificio, como si siempre hubiera estado esperándola.

Entró sin dudar, esta vez dispuesta a leer. Caminó hacia la estantería de los futuros y tomó el libro que había dejado. Abrió la primera página y comenzó a leer.

Cada palabra era un paso hacia lo desconocido, pero por primera vez en mucho tiempo, Clara no tenía miedo.