La Caja de la Abundancia

Andrés encontró la caja una mañana, justo afuera de su puerta. Era simple, de madera oscura, con un cierre de latón desgastado. No había notas ni indicaciones de quién la había dejado. Solo estaba ahí, esperándolo. La levantó con cuidado. Era más pesada de lo que parecía, pero al moverla, no se escuchaba nada dentro.

Dejó la caja sobre la mesa del comedor y la abrió. Dentro había un reloj de pulsera antiguo, con una esfera de cristal y una correa de cuero gastada. Lo tomó en sus manos, sintiendo su peso. No era un reloj cualquiera. Reconoció la marca: uno de esos que solo los más ricos podían permitirse.

Andrés no entendía cómo había llegado allí ni por qué. No tenía enemigos ni amigos cercanos que pudieran gastar una broma de ese tipo. Pero lo más extraño ocurrió al mediodía. El reloj dejó de funcionar. Al darle la vuelta, encontró un mensaje grabado: “Para quedarte con esto, debes renunciar a algo que valoras.”

La frase lo inquietó, pero la descartó como una coincidencia, un grabado antiguo sin relación con él. No podía saber entonces que la caja no había terminado con él.

La mañana siguiente, la caja estaba nuevamente en su puerta. Andrés pensó que era imposible; la había guardado bajo llave en su estudio la noche anterior. Sin embargo, ahí estaba, idéntica, con el mismo peso misterioso.

La abrió con más cuidado esta vez. Dentro había una pluma estilográfica, dorada, brillante, de esas que los coleccionistas pagarían una fortuna por tener. Junto a la pluma, un pequeño papel decía: “¿Qué estás dispuesto a dejar atrás?”

Andrés dejó la pluma sobre la mesa y salió al trabajo. Todo el día, la pregunta lo siguió como una sombra. No era supersticioso, pero había algo en la caja que lo inquietaba profundamente. Esa noche, cuando regresó, encontró la caja abierta sobre su cama. La pluma había desaparecido.

La tercera mañana trajo algo diferente. Dentro de la caja había un llavero con una pequeña placa dorada que llevaba el nombre de una empresa conocida. Al revisar más de cerca, encontró que era la llave de un auto, un modelo de lujo que nunca habría podido comprar. Salió corriendo de su apartamento y miró hacia la calle. Allí estaba, estacionado frente a su edificio: un sedán negro brillante, con las ventanas tintadas y las llantas impecables.

El mensaje dentro de la caja esta vez era claro: “Para quedarte con esto, renuncia a tu orgullo.”

El orgullo. Andrés sabía lo que eso significaba. Aceptar el auto implicaba admitir que no podía lograrlo por sí mismo, que necesitaba que algo o alguien interviniera. Esa idea lo carcomió. Se quedó mirando el coche toda la mañana, pero cuando el sol comenzó a bajar, el vehículo desapareció, como si nunca hubiera estado allí.

Los días se convirtieron en semanas. Cada mañana, la caja traía algo nuevo: un cheque en blanco, un contrato que garantizaba el trabajo de sus sueños, un anillo de diamantes. Y cada vez, había una condición: renunciar al tiempo, a las relaciones, a la honestidad. Al principio, Andrés trataba de ignorar la caja. La dejaba cerrada, se decía que no abriría esa puerta de nuevo. Pero siempre lo hacía.

La tentación era demasiado grande. Cada objeto ofrecía algo que Andrés quería, pero cada vez que consideraba aceptar, el precio le parecía demasiado alto. ¿Renunciar al tiempo con su familia? ¿A la libertad de sus pensamientos? ¿A su propia integridad? Cada mañana, la caja le recordaba que siempre había un precio por pagar.

Un día, la caja no apareció. Andrés se sintió aliviado al principio, pero luego una sensación de vacío comenzó a crecer en él. La caja lo había consumido, sí, pero también le había mostrado algo: la vida que deseaba, las cosas que nunca había tenido el valor de perseguir. Ahora, sin ella, se sentía perdido.

Pasaron semanas. Andrés comenzó a buscar señales de la caja, a desear que volviera. Revisaba su puerta cada mañana, buscando esa familiar sensación de peso. Pero no apareció.

Hasta que, una noche, mientras estaba en el balcón de su apartamento, la vio. Estaba en una esquina de la sala, como si siempre hubiera estado ahí. Se acercó y la abrió con manos temblorosas.

Dentro había un único objeto: un espejo pequeño y redondo, con un marco de plata. Lo tomó y miró su reflejo. Al principio, solo vio su rostro, cansado, con líneas que no recordaba haber tenido. Pero luego vio algo más. Vio las oportunidades que había perdido, las cosas que había rechazado por miedo al sacrificio, y las cosas que había valorado más de lo que merecían.

El espejo no tenía ningún mensaje grabado, pero Andrés entendió. La caja no era una maldición ni un regalo. Era una prueba, una oportunidad de mirar su vida con claridad y preguntarse qué significaba realmente la abundancia. No eran los objetos, los autos, los relojes, ni el dinero lo que buscaba. Era algo más profundo, algo que no podía encontrar fuera de sí mismo.

Dejó el espejo dentro de la caja y cerró la tapa. La llevó al rincón más alejado de su apartamento y la dejó ahí, sin volver a mirarla.

Al día siguiente, la caja había desaparecido.

Andrés nunca supo de dónde vino ni a dónde fue. Pero algo dentro de él había cambiado. Ya no veía su vida como una lista de cosas que no tenía, sino como un conjunto de decisiones que podía tomar. La verdadera abundancia, entendió, no era lo que podía poseer, sino lo que podía dar y lo que podía aprender a soltar.

Esa mañana salió al mundo, más ligero, más libre, sin esperar que una caja mágica le ofreciera lo que siempre había tenido en su interior.