La feria apareció una noche sin previo aviso, en un terreno baldío a las afueras del pueblo. Nadie había visto camiones o carpas siendo levantadas. Simplemente estaba allí, como si hubiera emergido de la tierra misma. Las luces titilantes y el sonido de una música distante llenaban el aire. Los rumores comenzaron a correr al amanecer: la feria no era como cualquier otra. No tenía boletos, ni horarios. Entrabas solo si te llamaba.
Daniel no creía en esas cosas. La vida ya era suficiente misterio sin añadir ferias mágicas al caos. Pero esa noche, mientras regresaba a casa, algo lo hizo detenerse frente a las puertas del lugar. Las luces de neón proyectaban sombras inquietantes en el suelo, y el sonido de un carrusel resonaba suavemente en la distancia.
Sin darse cuenta de cómo, ya estaba cruzando la entrada.
La feria era más grande por dentro de lo que parecía desde afuera. Carpas de colores brillantes se alineaban en hileras, cada una con un cartel que prometía maravillas. Sin embargo, no había multitudes, ni risas, ni ruido. Solo silencio, roto ocasionalmente por la melodía de una caja de música.
La primera atracción que llamó su atención fue una carpa roja con letras doradas que decían: “El Carrusel de los Momentos Perdidos”. Entró, empujando la tela pesada que cubría la entrada. Dentro, un carrusel giraba lentamente, pero en lugar de caballos o carros, tenía escenas proyectadas en los espejos. Daniel se acercó, y al mirar una de las escenas, sintió un golpe en el pecho.
Era él, a los dieciocho años. Estaba en un café, sentado frente a una chica de cabello castaño. Recordaba ese día. Había querido decirle algo importante, algo que había guardado en su corazón por meses. Pero no lo hizo. Se quedó callado, viendo cómo ella se levantaba y salía del lugar. Nunca volvieron a hablar.
El carrusel giró, mostrando otra escena: un grupo de amigos celebrando su cumpleaños. Él estaba allí, pero distraído, con el teléfono en la mano. Recordó que había estado pensando en una reunión de trabajo al día siguiente, demasiado ocupado como para disfrutar el momento. Ahora, la mayoría de esas personas ya no estaban en su vida.
El carrusel siguió girando, mostrando más momentos que había dejado pasar. Algunos eran pequeños, otros importantes. Cada uno lo llenaba de un arrepentimiento silencioso, como si el carrusel le mostrara lo que había desperdiciado.
Salió tambaleándose, el aire frío de la noche golpeando su rostro. Pero la feria no lo dejaba ir. En el centro del terreno, una nueva atracción parecía brillar más intensamente.
La carpa azul tenía un letrero sencillo: “La Montaña Rusa de las Decisiones”. Daniel dudó, pero entró. Lo recibió una plataforma con un carrito de montaña rusa que parecía esperar solo por él. Subió, y la atracción se puso en marcha.
La primera caída fue vertiginosa, llevándolo hacia una escena de su niñez. Estaba en el patio trasero de su casa, peleando con su hermano menor. Había dicho algo cruel, algo que aún recordaba con culpa. La escena se desvaneció mientras el carrito lo impulsaba hacia la siguiente curva.
Ahora estaba en su primer trabajo. Su jefe le pedía quedarse tarde, pero Daniel había rechazado la oportunidad de trabajar en un proyecto importante. Esa decisión lo había llevado a buscar otro empleo meses después, pero nunca se había preguntado si las cosas podrían haber sido diferentes.
Cada giro, cada caída de la montaña rusa lo enfrentaba con decisiones que había tomado, grandes y pequeñas. Algunas lo llenaban de orgullo, otras de arrepentimiento. Pero todas lo recordaban: su vida no había sido un accidente. Había elegido este camino, incluso si a veces lo olvidaba.
Cuando la atracción terminó, Daniel bajó del carrito, con las piernas temblorosas. El silencio de la feria era más intenso ahora, como si el lugar esperara que él hiciera algo.
La última carpa que encontró era la más sencilla. No tenía colores brillantes ni letreros. Solo una tela blanca y un nombre pintado en letras negras: “El Espejo del Ahora”. Entró, más por curiosidad que por valentía.
Dentro, no había más que un espejo. Era alto, con un marco de madera simple. Daniel se acercó y, al mirarse, no vio su reflejo, al menos no como lo esperaba. Lo que vio fue una combinación de todas las atracciones anteriores: un hombre con cicatrices de momentos perdidos, decisiones que lo habían moldeado, y sueños que aún no había perseguido.
El espejo parecía moverse, como si le mostrara algo más allá de su apariencia. Vio un futuro, no uno fijo, sino un abanico de posibilidades. Cada una dependía de las decisiones que tomara ahora. No era tarde para cambiar, pero tampoco podía recuperar lo que había perdido. Solo podía avanzar.
Cuando salió de la feria, el aire de la noche se sentía diferente. Las luces y la música se desvanecieron detrás de él, como si nunca hubieran estado allí. Pero algo dentro de él había cambiado.
La feria no le había dado respuestas, solo verdades. Y mientras caminaba hacia su casa, entendió que eso era suficiente. El resto dependía de él.