El mar estaba en calma cuando Sebastián despertó. El sonido de las olas chocando contra la arena lo hizo abrir los ojos. La luz del sol atravesaba sus párpados cerrados, cálida y persistente. Lo primero que notó fue el dolor en sus brazos y piernas, como si hubiera nadado durante horas. Luego, el sabor a sal en sus labios y el olor del agua salada impregnando su piel.
Se incorporó lentamente, mirando a su alrededor. No había nada familiar en el horizonte. La playa se extendía a ambos lados, rodeada de una jungla densa y verde. No había barcos, ni señales de vida humana, solo un cielo azul y el constante murmullo del mar.
No recordaba cómo había llegado allí. Su último recuerdo era el de una tormenta, una embarcación sacudida por las olas, y la oscuridad que lo tragó cuando perdió el control. Ahora estaba en esta isla, solo, sin pistas de dónde estaba o cómo volver.
Caminó por la orilla, dejando que sus pies descalzos se hundieran en la arena húmeda. Había algo extraño en la isla, algo que no podía explicar. El aire parecía más ligero, más puro. Cada respiración llenaba su pecho con una paz que nunca había sentido antes. A pesar de su confusión, no sentía miedo. Solo una curiosidad creciente.
El primer signo de lo inexplicable apareció al mediodía. Sebastián había caminado hasta encontrar un claro en la jungla, donde un río serpenteaba hacia el mar. Al inclinarse para beber agua, algo en la superficie del río llamó su atención. No era un reflejo, sino una imagen. Vio a un hombre joven sentado en un parque, con una guitarra en las manos. El rostro era el suyo, pero más joven, más lleno de esperanza.
Recordó ese día. Había sido su primera presentación en público, una tarde de verano en la que creyó, por un breve momento, que la música podría ser su vida. Pero había dejado ese sueño atrás años después, reemplazándolo por un trabajo estable, seguro y vacío.
El río le devolvió la mirada. Era como si la isla supiera todo sobre él.
Más tarde, encontró una cabaña. Estaba en la ladera de una colina, rodeada de árboles frutales y flores salvajes. Parecía abandonada, pero no en ruinas. En el interior, la cabaña tenía una mesa de madera, una cama simple y un espejo antiguo colgado en la pared. Sebastián se acercó al espejo y vio algo que lo hizo detenerse.
El reflejo no mostraba el interior de la cabaña, sino una escena de su pasado. Era él, sentado en una oficina, con las manos cubriendo su rostro. Recordó ese momento con claridad: el día que firmó su carta de renuncia, el día en que decidió que ya no podía soportar la vida que llevaba. Pero el reflejo mostró algo más. Mostró lo que podría haber hecho después, si no hubiera elegido el camino más fácil.
La isla no era solo un lugar perdido en el océano. Era algo más. Un espacio entre el tiempo, una encrucijada donde el pasado y el futuro se encontraban. Cada rincón parecía mostrarle una decisión, una bifurcación en su vida que había ignorado o evitado. Cada visión era un recordatorio de las oportunidades que había dejado atrás.
Durante días, Sebastián exploró la isla. Cada descubrimiento lo confrontaba con una versión diferente de sí mismo: un padre, un músico, un viajero, un hombre solitario. Las posibilidades parecían infinitas, y cada una llevaba consigo un peso de arrepentimiento y añoranza.
En una colina alta, encontró un árbol enorme, cuyas ramas se extendían hacia el cielo como si quisieran alcanzarlo. En su base, había una caja de madera cerrada con un candado. Al tocarla, recordó algo que había enterrado en su memoria: el diario que escribió de joven, lleno de planes, de ideas, de sueños que alguna vez creyó posibles.
Abrió la caja, y dentro encontró una versión de ese diario, pero diferente. Cada página mostraba un camino que podría haber tomado, una vida que podría haber vivido. Pero al final del diario, en la última página, no había palabras. Solo un espacio en blanco, como si la isla le estuviera diciendo que todavía podía escribir algo nuevo.
Una mañana, al despertar, vio un bote en la orilla. Era pequeño pero sólido, con remos descansando a un lado. No estaba allí antes. Sebastián entendió lo que significaba. La isla le había mostrado lo que necesitaba ver. Ahora era su decisión si quedarse o partir.
Caminó hacia el agua, mirando el horizonte. Por primera vez en mucho tiempo, sintió claridad. No sabía a dónde lo llevaría el bote, pero eso no importaba. Había aprendido algo importante en la isla: que no era demasiado tarde para cambiar, para intentarlo, para elegir.
Empujó el bote hacia el agua y subió a bordo. Mientras remaba, miró hacia atrás. La isla estaba envuelta en niebla, desapareciendo lentamente. Pero dentro de él, sabía que nunca la olvidaría.