La Isla del Pacto

El bote se movía con dificultad entre las olas, y cada golpe del agua contra el casco parecía más fuerte que el anterior. Gabriel ajustó la vela y miró hacia el horizonte. La isla estaba allí, oscura contra el cielo gris del amanecer. Era un punto pequeño, pero se hacía más grande con cada minuto que pasaba.

—¿Cuánto falta? —preguntó Elena, sentada en la proa con los brazos cruzados.

—Un par de horas, si el viento coopera —respondió Gabriel.

—No parece que coopere mucho.

Gabriel la miró, pero no respondió. Elena siempre tenía algo que decir, y él había aprendido que lo mejor era dejar que hablara. Ella no estaba allí porque quisiera; estaba allí porque no tenía otra opción. Ninguno de los dos la tenía.


La isla había sido una leyenda en el pueblo durante generaciones. Decían que era un lugar donde los hombres iban a cerrar cuentas con sus demonios, un lugar donde se podía hacer un pacto con el destino. Pero también decían que no todos regresaban. Gabriel no creía en cuentos, pero sabía que había cosas que no se podían ignorar. La isla era una de ellas.

El viento sopló con más fuerza, y el bote se inclinó hacia un lado. Elena se agarró al borde y miró a Gabriel con el ceño fruncido.

—¿Esto es seguro? —preguntó.

—Nada sobre esto es seguro.

—Eso no me tranquiliza.

Gabriel sonrió ligeramente y ajustó la vela. La isla estaba más cerca ahora, y las rocas negras que rodeaban su costa eran visibles incluso entre la neblina.

—Prepárate para saltar cuando lleguemos —dijo Gabriel.

—¿Saltamos? ¿No podemos atracar como gente normal?

—No hay puerto. Solo rocas.

Elena lo miró, pero no dijo nada más.


Cuando el bote llegó a la costa, Gabriel lo amarró a una roca y saltó al agua. Estaba fría, pero no se quejó. Ayudó a Elena a bajar, y los dos caminaron por la orilla rocosa, con las botas resbalando en las piedras húmedas.

La isla era pequeña, cubierta de vegetación espesa que parecía moverse con el viento, aunque no había brisa en el aire. Gabriel miró hacia el interior, donde un sendero estrecho desaparecía entre los árboles.

—¿Ese es el camino? —preguntó Elena.

—Es el único que hay.

—Perfecto. Una isla maldita y un sendero que parece llevar al infierno. ¿Qué podría salir mal?

Gabriel no respondió. Ajustó su mochila y comenzó a caminar. Elena lo siguió, murmurando algo que él no alcanzó a escuchar.


El sendero los llevó a través de la espesura, donde las ramas colgaban bajas y la luz del sol apenas penetraba. El aire era pesado, y el silencio del lugar era casi opresivo. Gabriel avanzaba con cautela, mientras Elena intentaba mantener el ritmo.

—¿Por qué estamos aquí, Gabriel? —preguntó finalmente.

—Tú sabes por qué.

—Sé lo que dijiste. Pero quiero escucharlo de nuevo.

Gabriel se detuvo y la miró.

—Estamos aquí para arreglar lo que hicimos. Lo que dejamos sin resolver.

—¿Y crees que esta isla puede hacer eso?

—Creo que no hay otro lugar que pueda.

Elena apretó los labios, pero no dijo nada más. Sabía que Gabriel tenía razón. Y eso era lo que más le molestaba.


El sendero se abrió a un claro donde había una roca plana en el centro. Sobre la roca, había un cuchillo oxidado y una figura tallada en madera, desgastada por el tiempo. Parecía un hombre, pero sus proporciones eran extrañas, y su rostro estaba tallado en una expresión que no era fácil de describir.

—¿Es aquí? —preguntó Elena.

—Sí.

—¿Qué hacemos ahora?

Gabriel se acercó a la roca y tomó el cuchillo en sus manos. Era pesado, con un filo irregular que aún podía cortar.

—Nos sentamos. Y esperamos.

—¿Esperamos qué?

—Lo que sea que venga.

Elena rió con incredulidad, pero Gabriel no se movió. Se sentó junto a la roca, colocando el cuchillo a su lado, y miró hacia los árboles que rodeaban el claro.

—Esto es una locura —dijo Elena, sentándose frente a él.

—Lo sé.

—¿Y aún así lo hacemos?

—Sí.

Elena lo miró fijamente, buscando algo en su rostro. Pero Gabriel no dejó de mirar hacia los árboles.


La espera fue larga. La luz del día comenzó a desvanecerse, y el aire se volvió más frío. Elena se abrazó a sí misma, intentando mantener el calor.

—¿Crees que funciona? —preguntó.

—No lo sé.

—¿Entonces por qué estamos aquí?

Gabriel la miró.

—Porque no podemos seguir con esto. Necesitamos dejarlo atrás.

—¿Y si no hay forma de dejarlo atrás?

—Siempre hay una forma. Solo tenemos que encontrarla.

Elena suspiró y miró hacia la figura tallada en la roca.

—¿Qué crees que es?

—No lo sé. Pero parece que nos está esperando.


La noche cayó, y con ella, un silencio aún más profundo. Gabriel encendió una pequeña lámpara de aceite que llevaba en su mochila, y su luz hizo que las sombras de los árboles parecieran moverse.

De repente, un sonido rompió el silencio. Era un crujido suave, como si algo estuviera moviéndose entre los árboles. Gabriel se levantó de inmediato, con el cuchillo en la mano.

—¿Lo oíste? —preguntó Elena, poniéndose de pie.

—Sí.

El crujido se hizo más fuerte, y una figura emergió de la espesura. No era un hombre, ni un animal. Era algo que no podían describir, una forma que parecía cambiar con cada paso que daba hacia ellos.

—¿Qué es eso? —susurró Elena.

—Es lo que vinimos a buscar.

La figura se detuvo frente a la roca y los miró. No tenía ojos, pero ambos sintieron su mirada como un peso sobre ellos.

—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Elena.

Gabriel no respondió. Levantó el cuchillo y dio un paso hacia la figura.

—Esto termina aquí.

La figura no se movió, pero el aire alrededor de ella parecía vibrar. Gabriel levantó el cuchillo y lo clavó en la roca, justo en el centro de la figura tallada.

Un grito agudo llenó el claro, y ambos cayeron al suelo, cubriéndose los oídos. Cuando el sonido cesó, la figura había desaparecido, y el cuchillo estaba partido en dos.

Elena miró a Gabriel, con los ojos llenos de preguntas.

—¿Eso es todo? —preguntó.

Gabriel respiró hondo y asintió.

—Eso es todo.


Cuando salieron del bosque, el sol estaba saliendo, y la isla parecía más tranquila. Subieron al bote en silencio y comenzaron a remar de regreso.

—¿Funcionó? —preguntó Elena, rompiendo el silencio.

—Lo sabremos pronto.

Elena miró hacia la isla, que ya comenzaba a desaparecer en la distancia.

—Espero que tengas razón.

Gabriel no respondió. Miró al horizonte, donde el sol se alzaba sobre el mar, y dejó que el silencio del agua llenara el espacio entre ellos.