La Mansión de las Sombras

Había una mansión al final de la carretera que cruzaba los campos de Santa Alba. Era grande y majestuosa, pero estaba abandonada. Los niños del pueblo decían que estaba maldita; los ancianos contaban historias de tragedias y espíritus que vagaban por sus pasillos. Para Clara, la mansión no era más que un misterio, una reliquia olvidada del pasado que siempre la había intrigado.

Ahora, después de la muerte de su madre, Clara tenía una razón para entrar. Había encontrado una carta entre las cosas de su madre, con una dirección que coincidía con la de la mansión y una nota simple: “Todo lo que necesitas saber está aquí.”

Clara no entendía qué significaba, pero algo en la forma en que estaba escrita la hizo sentir que no podía ignorarla.


Llegó a la mansión en una tarde gris. El cielo estaba cubierto de nubes, y un viento frío soplaba a través de los árboles. La fachada de la casa estaba cubierta de musgo, y las ventanas, rotas y opacas, parecían ojos que la observaban.

Empujó la puerta, que se abrió con un gemido largo y resonante. Dentro, la oscuridad era casi total, salvo por la luz tenue que se filtraba a través de las grietas en las paredes. Clara encendió la linterna que había traído y dio un paso adelante.

El aire estaba cargado de polvo y algo más que no podía identificar. Olía a antigüedad, a madera húmeda, a recuerdos que nadie había tocado en décadas.


La primera habitación que exploró fue una biblioteca. Las paredes estaban cubiertas de estanterías llenas de libros, muchos de ellos con lomos desgastados e ilegibles. Sobre una mesa central había un libro abierto, como si alguien lo hubiera estado leyendo recientemente. Clara se acercó y lo examinó.

El título era “Los Vínculos Invisibles”. Las páginas estaban llenas de garabatos y notas en los márgenes, pero lo que llamó su atención fue un dibujo: una llave. Al pie de la página, alguien había escrito: “Encuentra la llave. La respuesta está en el sótano.”

—¿Sótano? —susurró Clara, sintiendo un escalofrío recorrer su espalda.


Encontrar el sótano no fue difícil. En el pasillo principal, una puerta vieja llevaba a una escalera que descendía a la oscuridad. Clara dudó por un momento, pero la curiosidad era más fuerte que el miedo. Bajó lentamente, con la linterna temblando en su mano.

El sótano era frío y húmedo, con paredes de piedra que parecían respirar. En el centro había un baúl cubierto de polvo. Clara se arrodilló frente a él, sintiendo que el aire a su alrededor se hacía más denso. La cerradura del baúl estaba rota, y cuando levantó la tapa, encontró una colección de cartas.

Eran de su madre.


Clara llevó las cartas a la luz del salón principal y comenzó a leerlas. Eran correspondencias entre su madre y un hombre llamado Rafael. Las primeras páginas hablaban de amor, de sueños compartidos, de planes de escapar juntos de Santa Alba. Pero luego, las palabras se volvieron más sombrías.

“No puedo hacerlo. Mi familia nunca me lo perdonará. Lo siento, pero no puedo elegirte.”

Clara sintió un nudo en el estómago. Su madre nunca había hablado de un amor antes de su padre. Las cartas contaban una historia de decisiones imposibles, de un amor sacrificado por el deber. Pero lo más inquietante fue la última carta de Rafael:

“Aunque no estés conmigo, siempre estarás en esta casa. Aquí dejo una parte de ti, para que nunca me abandones.”


Clara continuó explorando la mansión, buscando pistas sobre lo que Rafael había dejado. En una habitación del segundo piso encontró un retrato. Era su madre, joven, con una expresión melancólica en los ojos. Junto a ella, estaba Rafael, un hombre de cabello oscuro y mirada intensa.

Detrás del retrato había un sobre con una llave y una nota: “Esta llave abre la habitación que compartimos. Allí encontrarás lo que nunca dije.”

Clara tomó la llave, sintiendo que su corazón latía con fuerza.


La habitación estaba al final del pasillo, con una puerta decorada con intrincados grabados. Cuando Clara giró la llave en la cerradura, sintió como si un peso invisible se levantara del aire.

Dentro, la habitación estaba intacta, como si alguien hubiera estado viviendo allí hasta hace poco. Había una cama, un escritorio y un armario. En el escritorio encontró un diario, y al abrirlo, leyó las palabras de Rafael.

“Te amé desde el primer día. Pero tu corazón pertenecía a otro lugar. Aun así, cada rincón de esta casa me recuerda a ti. Aquí guardé las cosas que te pertenecen, esperando que algún día alguien entendiera lo que significaste para mí.”

Clara siguió las indicaciones del diario hasta un pequeño cofre bajo la cama. Dentro, encontró un mechón de cabello, un pañuelo bordado con las iniciales de su madre, y una carta dirigida a ella.


La carta era breve, pero reveladora.

“Clara, si estás leyendo esto, significa que encontraste el lugar donde tu madre dejó su corazón. No te culpes por lo que no entendiste antes. El amor nunca se pierde, aunque cambie de forma. Cuida lo que tienes y aprende de lo que dejamos atrás.”

Clara salió de la mansión al amanecer. El cielo estaba despejado, y los primeros rayos de sol iluminaban el camino de regreso al pueblo. No sabía qué haría con lo que había encontrado, pero algo dentro de ella se había movido, como si una herida antigua finalmente comenzara a sanar.

Mientras cruzaba el umbral de la puerta, sintió un susurro en el aire, como si la mansión misma le estuviera diciendo adiós.