Era una tarde gris cuando Nicolás encontró el mercado. Las calles estaban mojadas por una lluvia reciente, y el aire tenía ese aroma fresco que solo se percibe cuando la tormenta ha pasado. Había salido a caminar sin rumbo, buscando algo que no sabía nombrar. Su vida se había vuelto monótona, vacía de significado, llena de días que se repetían como una máquina rota. La ciudad, con su bullicio y su indiferencia, parecía un reflejo de él mismo: funcional, pero sin vida.
Cuando vio el mercado, no estaba seguro de si siempre había estado allí. Parecía flotar en una esquina oscura, donde los edificios casi se tocaban. Las carpas eran de colores apagados, pero bajo la luz tenue parecían brillar con un magnetismo extraño. No había multitudes, solo un par de figuras que deambulaban como sombras entre los puestos.
Nicolás entró sin pensarlo. El aire era más cálido dentro, como si el mercado tuviera su propia atmósfera. Los objetos en los puestos no eran comunes. Había relojes sin agujas, espejos que no reflejaban, libros cuyas páginas estaban en blanco. Cada cosa parecía contener un secreto, una historia que no todos podían comprender.
Fue en un rincón oscuro donde vio la máscara. Estaba sola, colgada de un gancho de madera, con una simple etiqueta que decía: Carisma. La máscara era negra y lisa, con bordes dorados que la hacían parecer más un artefacto ceremonial que un disfraz. Nicolás sintió que lo llamaba, aunque no emitía sonido alguno. La tomó entre sus manos, y la suavidad de la superficie lo sorprendió. Era liviana, como si no estuviera hecha de un material terrestre.
No había nadie en el puesto, pero tampoco parecía que alguien fuera a detenerlo. Sin saber por qué, Nicolás la guardó bajo su abrigo y salió del mercado.
Esa noche, en su pequeño apartamento, Nicolás sacó la máscara y la colocó sobre la mesa. La luz del techo brillaba sobre su superficie, haciendo que los bordes dorados parecieran moverse. Había algo en ella que lo inquietaba, pero también lo fascinaba.
Siempre había sido un hombre común, invisible en las multitudes. Su vida social era un reflejo de su propia inseguridad: breve, superficial y marcada por una constante sensación de estar fuera de lugar. Pero al mirar la máscara, sintió que eso podía cambiar. Era una idea absurda, casi infantil, pero no pudo evitar preguntarse: ¿y si la usaba?
Se la puso. El ajuste fue perfecto, como si hubiera sido hecha a medida. Al principio, no sintió nada. Miró su reflejo en el espejo del baño, y lo que vio lo dejó sin aliento. No era su rostro, pero tampoco era el de otra persona. Era una versión idealizada de sí mismo: los rasgos eran más definidos, los ojos más brillantes, la postura más segura. No era solo su apariencia; era como si la máscara proyectara algo más, algo magnético.
Decidió salir.
El efecto fue inmediato. En el bar donde siempre se sentaba solo, esa noche varias personas lo saludaron. Alguien le ofreció una bebida. Una mujer se sentó a su lado y comenzó a hablarle como si lo conociera de toda la vida. Las palabras de Nicolás fluían sin esfuerzo, su voz era más firme, y las risas llenaban los espacios vacíos. Por primera vez, se sintió visto.
Esa noche fue el comienzo.
Los días siguientes, la máscara se convirtió en su aliada. Cada vez que la usaba, las puertas que antes estaban cerradas se abrían con facilidad. Los compañeros de trabajo, que antes apenas lo notaban, ahora buscaban su opinión. Las reuniones que solían ser tediosas se transformaron en escenarios donde Nicolás brillaba. Las invitaciones a eventos comenzaron a llegar. Todo lo que antes parecía imposible ahora era alcanzable.
Pero algo cambió.
Al principio, solo era un leve desconcierto. La máscara era tan cómoda que olvidaba tenerla puesta. Había noches en que regresaba a casa y la dejaba sobre la mesa, pero había otras en las que despertaba con ella aún en su rostro. Nicolás comenzó a notar que cuando se la quitaba, su reflejo en el espejo parecía más débil, más apagado que antes. Sus ojos carecían de la chispa que solían tener, y sus gestos eran torpes, como si su cuerpo estuviera acostumbrado a moverse bajo la influencia de la máscara.
Una noche, mientras estaba en una fiesta, sucedió algo que lo inquietó profundamente. Estaba rodeado de gente, todos riendo y brindando por sus historias. Nicolás se sintió invencible, hasta que notó a una mujer al otro lado de la sala. No era especialmente llamativa, pero tenía una mirada tranquila, penetrante, que lo observaba fijamente. Era como si pudiera ver más allá de la máscara, como si viera al hombre que la llevaba.
Nicolás apartó la vista y siguió conversando, pero la inquietud permaneció. Esa noche, al regresar a casa, intentó quitarse la máscara, pero algo en ella se resistía. Era como si hubiera comenzado a formar parte de él, como si ya no pudiera existir sin ella.
Con el tiempo, Nicolás comenzó a notar los costos. Las relaciones que había construido bajo la influencia de la máscara eran superficiales. La gente lo admiraba, pero no lo conocía. Incluso los que lo querían cerca parecían más interesados en lo que proyectaba que en lo que realmente era. Y él mismo, al mirarse al espejo, ya no sabía quién era. Su verdadero rostro le parecía extraño, como un retrato olvidado en un rincón polvoriento.
La máscara le había dado todo lo que siempre había deseado: carisma, admiración, influencia. Pero también le había robado algo esencial. No sabía si podía recuperarlo.
Una tarde lluviosa, Nicolás regresó al mercado. Había buscado el lugar varias veces desde aquella primera noche, pero parecía haber desaparecido. Esa vez, sin embargo, lo encontró de nuevo, como si el mercado supiera que lo necesitaba.
El puesto donde había encontrado la máscara estaba vacío, pero dejó la máscara allí, colgada del mismo gancho donde la había tomado. Al soltarla, sintió un alivio inmediato, como si un peso invisible hubiera sido levantado.
Esa noche, frente al espejo, vio su rostro verdadero por primera vez en semanas. Era imperfecto, sí, pero también era suyo. Y eso, pensó, era suficiente.