Nadie sabía exactamente dónde estaba la Montaña de los Sueños, pero todos en el pueblo hablaban de ella. Decían que era un lugar escondido en las alturas, donde quienes llegaban encontraban claridad sobre su propósito. Algunos regresaban transformados, con una serenidad que los distinguía de inmediato. Otros nunca regresaban, y se decía que se habían perdido en sus propios miedos.
Elena había escuchado esas historias desde niña. Eran susurros entre los ancianos en la plaza, cuentos compartidos al calor de la chimenea en las noches de invierno. Sin embargo, nunca pensó que algún día intentaría encontrarla. La vida tenía su curso, pensaba, y lo único que importaba era seguir adelante, cumpliendo con las expectativas de los demás.
Pero las expectativas no la habían llevado a ningún lugar que se sintiera como suyo. Su trabajo, sus relaciones, incluso sus días, parecían pertenecerle a alguien más. Cada mañana, al despertarse, sentía una punzada en el pecho, como si algo dentro de ella estuviera llamándola hacia un lugar que no sabía nombrar.
Una noche, cuando el peso de todo era insoportable, tomó una mochila y salió del pueblo. No le dijo a nadie a dónde iba, porque no lo sabía. Solo sabía que no podía quedarse.
El sendero hacia la montaña no estaba marcado. Elena caminó por horas, siguiendo su intuición, guiada por el susurro del viento y la dirección de las estrellas. La primera prueba fue el bosque. Era denso y oscuro, con ramas que parecían alargarse como manos para detenerla. El suelo estaba cubierto de hojas húmedas, y cada paso parecía un esfuerzo titánico.
Mientras avanzaba, los pensamientos comenzaron a invadir su mente. Recordó a su madre diciéndole que debía ser práctica, a su jefe insistiendo en que el éxito estaba en los números, a sus amigos hablando de estabilidad como si fuera la única meta posible. Cada pensamiento era una sombra que intentaba detenerla.
Pero Elena siguió adelante. No porque supiera a dónde iba, sino porque sabía que no podía volver.
La segunda prueba llegó cuando alcanzó el desierto. El bosque se abrió abruptamente, dando paso a una extensión infinita de arena dorada. El calor era abrumador, y el aire estaba lleno de un silencio tan profundo que casi podía escuchar sus propios latidos. No había senderos ni puntos de referencia. Solo ella y el horizonte interminable.
El desierto no ofrecía resistencia física, pero atacaba su mente. Con cada paso, la duda crecía. ¿Qué estaba buscando? ¿Qué esperaba encontrar en un lugar que probablemente no existía? La vastedad del desierto le recordó la sensación que siempre había tenido en su vida: de estar caminando sin rumbo, perdida en un paisaje que no podía comprender.
En el punto en que casi se rindió, algo llamó su atención. Era una pequeña planta, una flor solitaria que había brotado en medio de la arena. Se arrodilló frente a ella, maravillada por su resistencia. La flor no debería estar allí, pero había encontrado una manera de sobrevivir. Era una señal, pensó. Si una flor podía florecer en el desierto, entonces ella podía seguir adelante.
La tercera prueba fue la más difícil. La montaña finalmente apareció en el horizonte, imponente y cubierta de nieve. Cada paso hacia la cima era una batalla contra el frío y la altitud. El viento helado cortaba su rostro, y sus piernas temblaban con cada movimiento. Pero lo que realmente la desafiaba no era el clima, sino la soledad.
En la cima de la montaña no había nadie esperándola, ningún guía que le diera respuestas. Solo estaba ella, enfrentándose a la inmensidad del mundo que se extendía ante sus ojos. El pueblo que había dejado atrás era apenas un punto en la distancia, y el camino que había recorrido se perdía en el paisaje.
Se sentó en una roca, exhausta, y dejó que las lágrimas fluyeran. Había llegado tan lejos, pero no sabía qué hacer ahora. Se sintió como una niña perdida, pequeña y vulnerable frente a la inmensidad del universo.
Pero entonces, en medio de su desesperación, algo cambió. El viento se calmó, y el silencio de la montaña se volvió reconfortante. Elena cerró los ojos y escuchó. No a los sonidos de la naturaleza, sino a algo dentro de ella misma. Una voz, suave y tranquila, que siempre había estado allí, pero que nunca había tenido el valor de escuchar.
La voz no le dio respuestas. No le dijo qué hacer ni cuál era su propósito. Pero le ofreció algo más importante: claridad. Le recordó que la vida no se trataba de encontrar un destino, sino de caminar con intención. Cada paso que había dado, cada prueba que había enfrentado, había sido una elección. Y esas elecciones eran lo que definía quién era.
Cuando Elena bajó de la montaña, algo dentro de ella había cambiado. No tenía un plan, ni todas las respuestas, pero tampoco las necesitaba. Había aprendido que la verdadera fuerza no estaba en evitar los desafíos, sino en enfrentarlos. Y que la claridad no se encontraba en un lugar externo, sino en el acto de escucharse a sí misma.
Regresó al pueblo con la mochila más ligera y el corazón más pleno. La montaña no le había dado un propósito. Le había dado algo mejor: la certeza de que podía crearlo.