La Montaña del Vacío

El monasterio estaba escondido en las alturas, donde las nubes rozaban la tierra y el aire era tan claro que parecía cortar el aliento. Camila llegó al amanecer, con los pies cansados y una mochila ligera en los hombros. Había caminado dos días por senderos empinados, siguiendo las instrucciones de un anciano en el pueblo que le había hablado de este lugar.

—¿Por qué vienes? —preguntó el monje en la entrada del monasterio. Era un hombre delgado, con una túnica de tonos ocres y una voz tranquila.

Camila dudó antes de responder.

—Porque no sé quién soy.

El monje la miró por un momento, sin expresión alguna.

—Entonces has llegado al lugar correcto.

Le abrió la puerta y le indicó que entrara.


El monasterio era simple, construido con piedra y madera, y rodeado de jardines donde crecían flores silvestres y árboles frutales. Había otros monjes allí, moviéndose en silencio, con pasos firmes pero tranquilos. Camila se sintió pequeña en comparación con la paz que parecía emanar del lugar.

El monje la llevó a una habitación austera, con un colchón en el suelo y una pequeña ventana que daba al valle.

—Esta será tu habitación —dijo.

—¿Qué se supone que haga ahora? —preguntó Camila.

—Nada —respondió el monje—. Eso es lo primero.


Esa noche, Camila apenas durmió. La quietud del lugar, que al principio le había parecido reconfortante, comenzó a pesarle. Había esperado encontrar algo al llegar, una respuesta, un alivio, pero lo único que encontró fue más silencio. Por la mañana, salió al jardín y se encontró al monje sentado junto a un árbol, mirando al horizonte.

—No entiendo este lugar —dijo, sentándose a su lado.

El monje no apartó la vista del valle.

—No estás aquí para entender. Estás aquí para ver.

—¿Ver qué?

—Lo que siempre ha estado ahí.

Camila suspiró.

—Eso no tiene sentido.

El monje sonrió levemente.

—Tal vez no lo necesite.


Los días siguientes, Camila participó en las actividades del monasterio. Ayudó a recoger agua del arroyo, a cuidar el huerto y a limpiar los pasillos de piedra. Todo se hacía en silencio, con una atención plena que al principio le resultó extraña. Nadie parecía tener prisa, ni estar preocupado. Era como si el tiempo no existiera.

Una tarde, mientras trabajaban en el huerto, Camila rompió el silencio.

—¿Cómo pueden estar tan tranquilos todo el tiempo?

El monje, que estaba a su lado, recogiendo zanahorias, la miró.

—No estamos tranquilos todo el tiempo. Solo dejamos que la inquietud pase.

—¿Cómo se hace eso?

—No resistiéndola. No alimentándola.

Camila frunció el ceño.

—¿Y si no puedo hacerlo?

El monje dejó la zanahoria que tenía en la mano y la miró fijamente.

—Puedes. Pero primero tienes que dejar de intentarlo.


Una noche, después de cenar, Camila se acercó al monje en el patio. Había estrellas por todas partes, y la luz de la luna iluminaba las montañas.

—Hoy, mientras recogía agua, sentí algo extraño —dijo.

—¿Qué sentiste?

—No lo sé. Era como si, por un momento, todo estuviera bien. Pero luego desapareció.

El monje asintió.

—Eso que sentiste es el vacío del que te hablé.

—¿Vacío? Pero no se sentía vacío.

—Porque el vacío no es ausencia. Es plenitud sin necesidad.

Camila lo miró, intentando comprender.

—¿Cómo puedo sentirlo otra vez?

El monje sonrió.

—Deja de buscarlo. Solo está presente. Cuando no lo persigues, él te encuentra.


Con el tiempo, Camila comenzó a notar cambios en ella misma. Su mente seguía llenándose de pensamientos, pero ya no intentaba luchar contra ellos. Simplemente los observaba, como hojas flotando en un arroyo. Descubrió que, cuando dejaba de resistirse, los pensamientos perdían su poder.

Una mañana, mientras barría el patio, el monje se le acercó.

—¿Cómo te sientes? —preguntó.

—No lo sé. Vacía, pero también… llena.

El monje asintió.

—Eso es porque empiezas a ver las cosas como son, no como quieres que sean.

Camila se detuvo y miró el paisaje.

—¿Esto es todo?

—¿Qué más esperabas?

Camila sonrió levemente.

—No lo sé. Tal vez algo más dramático.

El monje rió suavemente.

—La verdad nunca es dramática. Solo es.


Cuando llegó el día de partir, Camila se sintió diferente. La misma mujer que había llegado buscando respuestas ahora se iba sin ellas, pero con algo mucho más valioso: la capacidad de estar en paz con lo que no sabía.

El monje la acompañó hasta la puerta del monasterio.

—Recuerda, el vacío no está solo aquí. Está en todas partes.

Camila asintió.

—¿Cómo sabré si lo estoy perdiendo?

El monje la miró con calma.

—No puedes perderlo. Solo puedes olvidarlo. Y cuando lo hagas, simplemente recuerda.

Camila agradeció al monje y comenzó a descender por el sendero. Con cada paso, sentía que el silencio de la montaña la seguía, no como una ausencia, sino como una presencia que ahora formaba parte de ella.