La Puerta de las Decisiones

El camino estaba cubierto de polvo. Era una línea recta, interminable, que se perdía en el horizonte. Camila caminaba lentamente, con un bolso al hombro y el peso del cansancio acumulado en su espalda. Había dejado atrás todo: su trabajo, su ciudad, incluso las personas que una vez le habían importado. Pero no se sentía libre, no aún.

El sol se ponía, tiñendo el cielo de naranja y rojo, cuando la vio. Una puerta, sola, en medio del camino. No había paredes, ni una casa, ni siquiera un marco que la sostuviera. Era solo una puerta de madera, vieja, con una perilla de bronce que reflejaba los últimos rayos del sol.

Camila se detuvo frente a ella. No había visto nada parecido en todo el trayecto, y algo en esa puerta parecía llamarla. Era como si le hablara sin palabras, como si supiera algo que ella no.

Dudó. ¿Qué había al otro lado? ¿Valía la pena abrirla? Se preguntó si seguir caminando sería más seguro, más fácil. Pero ya había pasado tanto tiempo huyendo que el cansancio de no decidir era peor que el miedo a equivocarse.

Respiró hondo y giró la perilla.

La puerta se abrió con un crujido, revelando un espacio completamente blanco. No había suelo ni techo, solo un vacío que parecía infinito. Camila sintió que el aire cambiaba, volviéndose más ligero, más fresco. Dio un paso adelante y la puerta se cerró detrás de ella.

Frente a ella apareció un camino, pero no era uno solo. Eran tres. Cada uno se extendía en una dirección diferente, y al final de cada uno había algo que no podía distinguir. Pero no estaba sola. En cada camino había una versión de sí misma, esperándola.

En el primer camino, vio a una Camila vestida de manera impecable, con una expresión de calma y éxito. Era la Camila que había seguido el camino seguro, el de las decisiones responsables. Parecía feliz, pero sus ojos reflejaban algo más, una inquietud que no podía ocultar.

En el segundo camino, estaba una Camila completamente diferente. Llevaba ropa desgastada, y sus manos estaban sucias, como si acabara de trabajar con la tierra. Era una versión de ella que había dejado todo atrás para buscar algo nuevo, algo que aún no podía definir. Sus ojos estaban llenos de incertidumbre, pero también de una chispa que la otra no tenía.

En el tercer camino, vio a una Camila más joven. Era ella misma, antes de todas las decisiones importantes, antes de los errores y las renuncias. Esta Camila miraba al horizonte con una sonrisa amplia, como si no conociera el peso de la responsabilidad ni el dolor del fracaso.

Camila sintió que el aire a su alrededor se tensaba. Cada camino la llamaba de una manera diferente, cada una de esas versiones de sí misma parecía gritar su nombre. Pero sabía que no podía elegirlas a todas.

La primera Camila habló primero. Su voz era tranquila, casi mecánica.

—Si eliges mi camino, encontrarás estabilidad. No habrá sorpresas, pero tampoco dolor. Es el camino seguro.

La segunda Camila levantó la cabeza y la miró directamente.

—Elige mi camino y todo será incierto. Pero también será auténtico. Sentirás cosas que nunca has sentido antes. Vivirás.

La tercera Camila, la más joven, no dijo nada. Solo sonrió, como si supiera algo que las otras no.

Camila miró los tres caminos. Cada uno tenía algo que deseaba, pero también algo que temía. Pensó en su vida hasta ahora, en las decisiones que había tomado y en las que había evitado. Pensó en lo que quería, en lo que realmente quería, no en lo que los demás esperaban de ella.

El silencio se hizo eterno. Y entonces, algo cambió. Camila se dio cuenta de que no tenía que elegir un camino. Podía crear el suyo.

Volvió a girarse hacia la puerta. Ahora estaba cerrada, pero sabía que podía abrirla de nuevo. No importaba lo que hubiera detrás. La elección no estaba en los caminos que veía, sino en el paso que daba.

Camila sonrió, más ligera que nunca. Giró la perilla y salió. La puerta desapareció detrás de ella, pero el peso que había llevado consigo toda su vida también se desvaneció.

El camino seguía adelante, vacío pero lleno de posibilidades. Y esta vez, Camila caminó sin mirar atrás.