La Sombra en el Espejo

Lucía despertó con una sensación extraña. Había algo en el aire de su pequeño apartamento que no podía definir. Miró el reloj en su mesita de noche: 6:15 a.m. El día apenas comenzaba, pero la ansiedad ya estaba instalada en su pecho como un viejo huésped.

Se levantó lentamente y caminó hacia el baño. Al encender la luz, el espejo frente al lavabo le devolvió una imagen que no reconocía del todo. Su cabello estaba despeinado, sus ojos mostraban bolsas oscuras, y su piel tenía un tono apagado. Pero lo que más la inquietó fue otra cosa: una sombra vaga, borrosa, que parecía estar detrás de ella. Se giró de golpe, pero no había nada.

—Quizá solo estoy cansada —murmuró, intentando convencerse.

El día avanzó como cualquier otro. En el trabajo, Lucía revisó correos, asistió a reuniones y evitó las miradas de su jefe, que siempre parecía encontrar algo que criticar. El ambiente en la oficina era pesado, pero Lucía sabía que gran parte de su insatisfacción venía de dentro. Se sentía estancada, como si su vida fuera un carril de tren que nunca cambiaba de dirección.

Esa noche, al volver a casa, el cansancio la golpeó con fuerza. Encendió la luz del baño, y ahí estaba de nuevo: la sombra en el espejo. Esta vez, era más nítida. Podía distinguir una figura delgada, alta, con los contornos apenas definidos. Lucía sintió un escalofrío recorrer su espalda.

—Debe ser mi imaginación —se dijo, pero no pudo apartar la vista del espejo.


Los días se convirtieron en semanas, y la sombra en el espejo se volvió una constante. Al principio, Lucía trató de ignorarla, pero con el tiempo, empezó a hablarle. Era algo absurdo, lo sabía, pero también se sentía inevitable. Una noche, después de un día especialmente malo en el trabajo, se paró frente al espejo y dijo:

—¿Qué quieres de mí?

La sombra no respondió, pero algo en su reflejo cambió. Lucía sintió una presión en el pecho, como si las emociones reprimidas durante años estuvieran intentando salir todas al mismo tiempo.

Esa noche, tuvo un sueño extraño. Estaba caminando por un bosque oscuro, con árboles que parecían murmurar palabras incomprensibles. De repente, llegó a un claro donde había un espejo gigante, apoyado contra un árbol. Cuando se miró en él, vio algo que la dejó sin aliento: su propia figura, pero más joven, con una sonrisa tranquila y una mirada llena de vida. Era ella misma, antes de las decepciones, antes de conformarse con menos de lo que quería.

La versión del espejo le habló con una voz serena:
—Has olvidado quién eres.

Lucía despertó sobresaltada, con las palabras resonando en su mente.


Durante los días siguientes, Lucía no pudo dejar de pensar en el sueño. Decidió buscar respuestas, comenzando por el lugar más lógico: una librería cercana. Allí encontró un libro titulado “El reflejo del alma: cómo enfrentar tu sombra interior”. Aunque el título le pareció un poco melodramático, lo compró y pasó las noches leyéndolo.

El libro hablaba sobre la “sombra”, una parte de la psique que contiene todo lo que reprimimos: miedos, inseguridades, deseos no cumplidos. Según el autor, enfrentarse a la sombra era un paso necesario para encontrar equilibrio y propósito.

Lucía empezó a seguir algunos ejercicios sugeridos en el libro. Una noche, frente al espejo, escribió en un cuaderno todo lo que sentía: frustración, tristeza, miedo al cambio. Cada palabra era como un peso que se liberaba de su mente. Al terminar, sintió que la sombra en el espejo parecía más tenue, casi como si estuviera retrocediendo.


Con el tiempo, Lucía empezó a hacer pequeños cambios en su vida. En el trabajo, se atrevió a expresar sus ideas, incluso cuando temía ser juzgada. Se inscribió en una clase de pintura, algo que siempre había querido hacer pero que había postergado por años. También comenzó a salir a caminar por las mañanas, disfrutando de la calma antes del caos del día.

Una noche, después de semanas de trabajo interno, se paró frente al espejo y notó algo diferente. La sombra había desaparecido. En su lugar, solo estaba su reflejo, pero esta vez, lo reconoció. No era perfecto, pero era real. Se vio a sí misma como alguien capaz de cambiar, de crecer, de enfrentar lo que fuera necesario.


El día siguiente, en el trabajo, su jefe hizo uno de sus comentarios sarcásticos habituales. Pero esta vez, Lucía no se quedó en silencio.
—Creo que sería más productivo enfocarnos en soluciones que en criticar lo que ya pasó —dijo, con un tono calmado pero firme.

Hubo un momento de silencio en la sala de reuniones. Su jefe la miró con sorpresa, pero no dijo nada. Lucía sintió que algo dentro de ella había cambiado para siempre. Ya no era la misma persona que había llegado a esa oficina meses atrás, con la cabeza baja y la voz apagada.

Esa noche, al volver a casa, encendió la luz del baño y se miró en el espejo. No había sombras, solo ella, con una mirada más clara y una sonrisa ligera.

La sombra no había sido un enemigo, sino un maestro. Le había mostrado lo que necesitaba enfrentar para recuperar su vida. Y ahora, Lucía estaba lista para avanzar, sin miedo a lo que pudiera encontrar en el camino.