El taller olía a óleo y trementina. Isabel se detuvo frente al lienzo en blanco, como lo había hecho cada mañana durante los últimos treinta años. Pero hoy era diferente. Sus manos, antes firmes y seguras, temblaban ligeramente mientras sostenían el pincel.
El diagnóstico del médico resonaba en su cabeza: degeneración macular. Seis meses, tal vez un año, y sus ojos ya no podrían distinguir los colores que habían sido su vida entera. El tiempo se le escurría entre los dedos como la pintura diluida.
“¿Mamá?”, la voz de Ana sonó desde la puerta. “¿Quieres que te prepare un té?”
“No, cariño. Necesito estar sola.”
Los pasos de su hija se alejaron por el pasillo. Isabel cerró los ojos y respiró profundo. El aire estaba cargado de memorias: su primer cuadro vendido, las exposiciones en Madrid, París, Nueva York. Las críticas, los elogios, las noches en vela persiguiendo la luz perfecta.
Abrió el cajón de su mesa de trabajo. Entre tubos de pintura y pinceles gastados, encontró la fotografía. Era ella a los veinte años, parada frente a su primer taller, un sótano húmedo en el barrio antiguo. Sonreía con la arrogancia de quien cree que el tiempo es infinito.
Colocó la foto junto al lienzo y comenzó a mezclar colores. El azul cobalto con un toque de blanco titanio. El amarillo cadmio con una pizca de ocre. Sus dedos recordaban las proporciones exactas, la danza familiar de crear tonos que no existían en la naturaleza.
El pincel tocó el lienzo. Al principio, trazos suaves, casi tímidos. Luego más firmes, más seguros. La imagen comenzó a emerger: una joven frente a una puerta abierta, pero no era ella a los veinte años. Era algo más.
Las horas pasaron. El sol cambió de posición, proyectando sombras diferentes en el taller. Isabel no se detuvo. Cada pincelada era un recuerdo, cada color una emoción guardada. El dolor en sus ojos aumentaba, pero lo ignoró.
Al atardecer, Ana volvió a entrar. Se quedó en silencio, observando. El lienzo mostraba una mujer mayor, de espaldas, pintando en un taller. Frente a ella, un lienzo dentro del lienzo mostraba a una joven mirando hacia el futuro. El juego de luces creaba un efecto donde pasado y presente se fundían en un solo momento.
“Es hermoso, mamá”, susurró Ana.
Isabel dejó el pincel. Sus ojos ardían, pero sonreía. “Es mi último cuadro”, dijo simplemente.
“No digas eso. Podemos buscar otros médicos, hay tratamientos…”
“No, Ana. Es mi último cuadro porque es el único que me quedaba por pintar. El que siempre evité.”
Se levantó y caminó hacia la ventana. El sol se ponía, tiñendo el cielo de los mismos colores que acababa de usar en su pintura.
“¿Sabes? Siempre pinté lo que veía fuera de mí. Paisajes, personas, momentos. Pero nunca me atreví a pintar lo que veía dentro. Tenía miedo de que no fuera suficiente.”
Ana se acercó y tomó la mano de su madre. “¿Y ahora?”
“Ahora sé que no importa si puedo ver los colores con mis ojos. Los llevo dentro. Siempre los llevaré.”
Esa noche, Isabel cerró el taller por última vez. Los pinceles limpios, los colores ordenados, el último lienzo secándose en el caballete. No había tristeza en sus movimientos, solo una extraña paz.
En los meses siguientes, mientras su visión se desvanecía gradualmente, Isabel comenzó a enseñar. Sus manos guiaban a otros artistas jóvenes, mostrándoles cómo sentir los colores más allá de la vista. Su taller se llenó de risas, de preguntas, de nueva vida.
Y el último cuadro, el autorretrato que nunca se atrevió a pintar hasta que supo que perdería la vista, colgaba en la pared principal. Un recordatorio de que a veces necesitamos perder algo para encontrar algo más profundo.
Una tarde, mientras ayudaba a una estudiante a mezclar el azul perfecto, Isabel sonrió. Los colores seguían allí, brillantes y vivos, no en sus ojos, sino en su memoria, en sus manos, en las historias que ahora compartía. Y eso, descubrió, era más que suficiente.
La luz del atardecer entraba por las ventanas del taller, la misma luz que había pintado durante décadas. Pero ahora la sentía de una manera diferente: no como algo para capturar, sino como algo para compartir. Y en esa comprensión, encontró una nueva forma de ver.