El sol estaba alto sobre las colinas, y el aire seco del mediodía hacía que todo pareciera más lejano. Diego caminaba delante, con el rifle colgado al hombro y el rostro tenso, mientras Raúl lo seguía a unos pasos, cargando la mochila con las provisiones. Habían salido del pueblo al amanecer, siguiendo rastros que llevaban días persiguiendo. Era un trabajo de paciencia, más arte que ciencia.
—No lo veremos hasta que quiera que lo veamos —dijo Diego, sin voltear.
—¿Qué es exactamente lo que estamos buscando? —preguntó Raúl, que todavía no entendía por qué estaba allí.
—Algo que no se deja atrapar fácilmente.
Raúl resopló, pero no insistió. Sabía que Diego no explicaba más de lo necesario. Era el hombre más experimentado del pueblo, y su reputación lo precedía. Había cazado todo lo que se podía cazar en esas montañas, pero esta vez parecía diferente. Había algo en su actitud, en la forma en que hablaba, que lo hacía parecer inquieto.
El rastro los llevó a un claro rodeado de árboles altos y secos. Diego se detuvo y se agachó para examinar unas huellas en el suelo.
—Está cerca —dijo, casi en un susurro.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó Raúl.
—Lo sé porque lo siento.
Raúl miró a su alrededor, pero no vio nada. El silencio del bosque era inquietante, como si todo estuviera esperando.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó finalmente.
Diego se levantó y señaló hacia el norte.
—Caminamos.
Raúl apretó los dientes y ajustó la mochila antes de seguirlo. El camino se volvió más empinado, y el calor parecía más intenso a cada paso.
Esa tarde, llegaron a una cueva que se abría en la base de una colina. Diego se detuvo en la entrada y miró hacia el interior.
—Aquí es donde duerme —dijo.
Raúl frunció el ceño.
—¿Cómo sabes eso?
Diego se giró y lo miró directamente.
—Porque aquí es donde yo dormiría, si fuera él.
Raúl sintió un escalofrío. Había algo en la forma en que Diego hablaba, como si estuviera persiguiendo algo más que un animal.
—¿Qué es exactamente lo que estamos cazando? —insistió Raúl.
Diego no respondió de inmediato. Entró en la cueva y encendió una linterna. El haz de luz iluminó las paredes de piedra, revelando marcas y arañazos que no parecían naturales.
—Algo que no se deja cazar fácilmente —repitió.
Raúl lo siguió, sintiendo que cada paso lo llevaba más lejos de lo que conocía.
La cueva se extendía hacia las entrañas de la colina, y el aire se volvía más fresco y húmedo. Diego avanzaba con cuidado, escaneando cada rincón con la linterna. Raúl lo seguía, intentando no tropezar con las piedras que cubrían el suelo.
—¿Por qué haces esto, Diego? —preguntó Raúl.
Diego se detuvo y lo miró.
—Porque alguien tiene que hacerlo.
—¿Y si no lo hacemos? ¿Qué pasa?
Diego apretó los labios antes de responder.
—Entonces sigue ahí. Y eso es peor.
Raúl no entendió del todo, pero la seriedad en la voz de Diego hizo que no volviera a preguntar.
Al llegar al final de la cueva, encontraron un espacio más amplio, con un agujero en el techo por donde entraba un rayo de luz. En el centro, había restos de animales esparcidos, y el olor era insoportable.
—Aquí estuvo —dijo Diego, mirando alrededor.
—¿Estuvo? ¿Y ahora?
Diego se arrodilló junto a los restos y los examinó.
—No está lejos. Probablemente nos está observando ahora mismo.
Raúl sintió un nudo en el estómago. Miró hacia la entrada de la cueva, esperando ver algo que no quería encontrar.
—¿Y si no vuelve? —preguntó.
Diego lo miró y se levantó.
—Volverá. Siempre lo hacen.
Esa noche acamparon cerca de la cueva, en un claro donde podían ver el cielo lleno de estrellas. Diego preparó una pequeña fogata, y Raúl se sentó frente a las llamas, tratando de calmarse.
—¿Qué es lo que te impulsa a seguir? —preguntó Raúl.
Diego sacó un cigarro y lo encendió.
—El silencio.
Raúl frunció el ceño.
—¿El silencio?
—El silencio que queda cuando no hacemos nada. Ese vacío que crece cuando dejamos que las cosas sigan su curso.
Raúl no respondió. Miró las llamas y pensó en las palabras de Diego. Había algo en ellas que no podía negar.
La madrugada los despertó con un sonido en el bosque. Era un crujido leve, como si algo grande estuviera moviéndose entre los árboles. Diego se levantó de inmediato, con el rifle en la mano.
—Está aquí —dijo en voz baja.
Raúl lo siguió, con el corazón latiendo con fuerza. Ambos se adentraron en el bosque, moviéndose con cuidado entre las sombras.
Finalmente, lo vieron.
Era más grande de lo que Raúl había imaginado, con un pelaje oscuro y ojos que brillaban como brasas en la oscuridad. El animal estaba parado en el borde del claro, mirándolos directamente.
—No dispares aún —dijo Diego.
—¿Por qué no?
—Porque no es el momento.
Raúl respiró hondo y trató de calmarse. Diego levantó el rifle lentamente, apuntando al animal.
El disparo rompió el silencio, y el eco resonó en el bosque.
Cuando el humo del rifle se disipó, el animal había desaparecido. Diego y Raúl se acercaron al lugar donde había estado, pero no encontraron nada más que sangre en el suelo.
—¿Lo alcanzaste? —preguntó Raúl.
Diego asintió.
—Está herido. Pero no muerto.
—¿Y ahora qué?
Diego miró hacia las sombras del bosque.
—Ahora lo seguimos.
El rastro los llevó más profundamente en el bosque, donde los árboles eran más altos y la luz apenas llegaba. Diego avanzaba con determinación, y Raúl lo seguía, aunque cada paso se sentía más pesado que el anterior.
Finalmente, encontraron al animal. Estaba acostado junto a un arroyo, respirando con dificultad. Diego se acercó lentamente, con el rifle apuntando.
—¿Vas a matarlo? —preguntó Raúl.
Diego no respondió de inmediato. Miró al animal y luego a Raúl.
—No. No es necesario.
Bajó el rifle y se quedó allí, observando al animal en silencio. Raúl no entendía qué estaba pasando, pero no dijo nada.
Cuando el sol comenzó a salir, Diego y Raúl regresaron al pueblo. No dijeron mucho durante el camino, pero el silencio entre ellos era diferente. Había algo más en él, algo que ninguno de los dos necesitaba explicar.
Cuando llegaron, Diego se detuvo en la entrada del pueblo y miró a Raúl.
—A veces, el acto de cazar no es para atrapar, sino para entender.
Raúl asintió, aunque todavía no entendía del todo.
—¿Volverás? —preguntó.
Diego sonrió ligeramente.
—Siempre vuelvo. Pero nunca por las mismas razones.
Y con eso, Diego se alejó, dejando a Raúl con más preguntas que respuestas, pero también con una sensación de claridad que no había tenido antes.